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¿Libertad o reglas? 

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Aunque parezca paradójico, la libertad y su regulación o reglamentación no son necesariamente contradictorias entre sí. Ni siquiera la libertad de expresión puede ni debe ser absoluta, y las principales democracias modernas buscan la manera de hacer compatibles el derecho a la libre manifestación de las ideas con el respeto y la protección al estado de derecho o a la democracia misma.

 

No obstante la retórica de muchas naciones europeas o norteamericanas que se precian de ser bastiones de la libertad, tanto EEUU y Canadá como Alemania, Francia o Gran Bretaña imponen límites más o menos severos a lo que se puede escribir y decir en público: manifestaciones de odio racial o de género; revisionismo o negación del holocausto; apología de la violencia; incitación al terrorismo… Llámense como se llamen, son diques y límites a la libertad plena de expresión que tanto presumen.

El cobarde y asesino ataque contra la revista francesa Charlie Hebdo puso de manifiesto muchas de las contradicciones inherentes a los regímenes democráticos modernos. Por un lado buscan proteger las expresiones más críticas y ofensivas, como en el caso de esa irreverente y con frecuencia grosera publicación, pero al mismo tiempo impiden y castigan aquellas que se cargan del lado de lo que esos gobiernos consideran sus verdaderos enemigos.

Y no es menor la contradicción: no se puede de ninguna manera condonar ni justificar una agresión ni un atentado contra un comunicador o contra un medio. Tampoco me parece que limitar o prohibir aun las expresiones más odiosas y aberrantes sea el camino adecuado. Y ahí es donde vemos la verdadera dimensión del drama que vive Occidente: el terrorismo ha hecho que las libertades individuales y la privacidad se reduzcan y limiten y ha hecho del sistema judicial estadounidense un pantano de contradicciones y doble moral. No hay más obvio ejemplo que el de las detenciones extrajudiciales y la operación de cárceles clandestinas o ilegales, como es el caso de Guantánamo o la invasión a las vidas privadas de sus ciudadanos orquestada por la NSA y puesta en evidencia por Edward Snowden.

Los países europeos se enfrentan a paradojas y laberintos similares, ya en el tema de la libertad de expresión selectiva o en las dificultades que enfrentan para impedir que sus ciudadanos viajen a Medio Oriente para unirse a Estado Islámico. el hecho es que pareciera que los terroristas y los radicales están ganando, al lograr que naciones democráticas y libertarias renuncien en la practica a muchos de sus principios e ideales.

 

La libertad tampoco es irrestricta dentro de los medios de comunicación. La semana pasada me referí a algunos puntos relevantes del Código de Conducta del New York Times. No son ni de lejos los únicos que buscan regular la conducta de sus colaboradores, y a mi juicio hacen bien. Me explico: la transparencia no puede ser solo obligación de entidades públicas o compañías privadas. Un reportero, conductor o editor que oculta simpatías o antipatías políticas o sociales, o intereses económicos o comerciales, está engañando a la audiencia. Uno que milita en un partido o marcha por una causa no puede ser imparcial. Y en ese sentido no basta con confiar ciegamente: hacen falta reglas y normas.

La agencia AP, por ejemplo, pide a sus colaboradores abstenerse de expresar opiniones acerca de asuntos controversiales que sean parte del debate público, ni participar en manifestaciones en apoyo de causa o movimiento alguno. Ya ni hablar de pertenecer a un partido político o apoyar abiertamente sus candidatos o plataformas.

Límites a la libertad que son, al mismo tiempo, aportes a la transparencia.

No se puede tener todo, digo yo.

Twitter: @gabrielguerrac

www.gabrielguerracastellanos.com