Se pierde la noción del tiempo y de las cosas, dejamos de ser el centro del universo y nos convertimos en un número más; en solo parte de las estadísticas que invita a las nuevas generaciones a aprender medicina sólo para llenar formularios y eliminar la sensibilidad al dolor.
Postrado en mi cama de hospital alcanzo a observar parte de mi ciudad, no natal, pero si adoptiva por tantos años de vivir en ella; gente atravesando las avenidas por los puentes peatonales; de súbito me doy cuenta que siempre han estado tan cerca de mi, aunque ahora están lejos… muy lejos.
Desde mi perspectiva ahora puedo ver cosas que antes no percibía, o tal vez las desestimaba por tenerlas a la mano. Ahora veo que el valor de las cosas y las personas se modifica de acuerdo a nuestras necesidades o el estado de nuestra salud; somos una especie hedonista.
Hoy entiendo que cada una de las personas que veo en la calle tienen una historia digna de contarse, algo así como el idilio de los Volcanes de Santos Chocano; no son autómatas que viven para servirnos, son seres que piensan y que sienten, y que además, merecen todo nuestro respeto.
A lo lejos veo a los últimos dinosaurios que en Pachuca se niegan a desaparecer; en efecto, se trata de los camiones de pasajeros que todos los días suben y bajan lentamente del cerro de cubitos.
Pero el tiempo transcurre inexorablemente y ya me encuentro en la siguiente semana y todo sigue igual; algunos se nos han adelantado y otros estamos en turno de espera, aunque sinceramente espero que esta fila no avance y que la luz se aleje cada día más. Aunque aquí cada loco siga con su tema y me lo imagino como una cocina en donde de tanta cocinera, el guiso termina por quemarse.
Desde mi encierro hospitalario se añora la libertad; esa libertad limitada que impide se convierta en libertinaje, pero que aún con todos sus límites es preferible tenerla y no seguir viendo los toros desde la Barrera, la primera fila es el primer lugar de nada.
Aunque con tintes picarescos, estas notas las escribo desde la solemnidad de mi cama de hospital.
Y en este momento es la única forma de desahogar mi frustración por no poder moverme y aguantarme la pena por no haber enviado nada la semana pasada, pero, así es la vida, que sin darnos cuenta, está muy cerca de la nada, de la muerte.
Las palabras se las lleva el viento, pero mi pensamiento escrito está.