Se han elevado las voces de quienes piden mano dura y restricciones a la llegada de refugiados como receta para conjurar la amenaza terrorista. El odio es un excelente combustible. Llevados del justificado escándalo de la opinión pública, horrorizada ante barbaridades como las de Niza, Ansbach o esa iglesia normanda en la que fue degollado un anciano sacerdote, los dirigentes políticos sin responsabilidad de gobierno claman por una mayor firmeza.
Estamos en guerra, se nos repite, mientras proliferan los mensajes de tono marcial contra la política de puertas abiertas de la canciller Merkel y los supuestos fallos de seguridad en la Francia de Hollande.
Para Nicolas Sarkozy, que quiere otra vez ser Presidente de Francia, esto se arregla haciendo que el Estado se vuelva «despiadado». Es el diagnóstico de quien desde el Elíseo se empeñó en liquidar a Gadafi sin un plan para el día después de una campaña de bombardeos en la que los cazas Rafale franceses tuvieron papel destacado. Hoy Libia es un territorio ingobernable desde el que nos apunta un enjambre de milicias en el que no falta Estado Islámico.
En lugar de criminalizar a los demandantes de asilo y vender soluciones fáciles en realidad contraproducentes, más valdría empezar a trabajar por una paz duradera en Siria, que lo de allí sí que es una guerra, y por frenar la expansión del wahabismo. Patrocinada desde Arabia Saudí y otros estados del Golfo.