Le acompañaban, su mujer Michelle; su antecesor, el ex presidente George W. Bush, y su esposa Laura, y el vicepresidente Joe Biden y su mujer Jill. Previamente a la intervención de Obama, Bush tachó el ataque a los policías de «emboscada del diablo». Aunque también intentó transmitir serenidad: «Son días de mucho dolor, pero también de esperanza».
Texas y todo EU rindió tributo la noche del lunes a sus héroes. Cinco policías de Dallas caídos en la malévola emboscada de un afroamericano, reservista del ejército, que quiso tomarse una absurda venganza por su mano. Momento crítico para un país martirizado por la violencia racial.
El presidente Obama terció con una llamada a «la unidad de la familia americana». Emotivo discurso que no obvió los problemas de fondo. En un abarrotado auditorio del Morton H. Meyerson Symphony Center, cuyo escenario ensalzaba las figuras de los cinco policías muertos, la primera autoridad del país les puso como ejemplo de «ese país bueno y decente que yo he visto todos estos años».
Un modelo que extendió al alcalde de Dallas y al jefe de la Policía, Mark Rawlings y David Brown, «un blanco y un negro, que han sabido hacer las cosas bien». Especialmente ante este ataque, que consideró la «desviación más profunda de nuestra democracia».
No era día fácil para Obama. Criticado días antes en algunos estamentos por equidistante entre la Policía y el movimiento afroamericano Black Lives Matter, al presidente le esperaba un auditorio plenamente texano, en un estado donde es ampliamente mayoritaria la ideología conservadora. Pero en Dallas volvió a surgir el cierre de filas en torno a una nación. El espíritu de los Estados Unidos que hace honor al nombre del país y reconoce su jefe de Estado, sea quien sea y piense lo que piense. Tras recibir una calurosa ovación de acogida, Obama insistió en el mensaje aglutinador: «El país está sufriendo un momento duro, pero no es verdad que esté tan dividido».