CUADERNO DE UN NAÚFRAGO
Antes se decía que las mujeres de provincia se casaban tan sólo por puro aburrimiento. Con algo de resignación, de liberación, de que al fin su vida asumía un destino, un rumbo, una brújula hacia un nuevo continente impreciso pero vivo.
Un mundo lejos de tantas mantillas, tantas tardes de café urgiendo a tías solteronas que dejarán de soltar indirectas al menor visitante masculino; tanto ir y venir a misa y tanto tiempo quitándole el polvo a los chécheres y luego, a los santos, especialmente al tan socorrido San Antonio.
De noche tras noche, tarde tras tarde, Semana Santa tras Semana Santa, sus amigas, tías y sobrinas usaban la palabra chécheres como una insignia del mundo al cual se encontraban condenadas. Y veneraban esa soledad y retiro como vírgenes vestales del Alto Imperio Romano atrapadas en una cripta.
Objetos viejos, cómodas manchadas de humedad, pianos desafinados y desafiliados, roperos con la llave de fierro siempre colocada en la cerradura, inútil llave que nadie pulsaría, jamás ningún hombre tocaría o simplemente tendría acceso a esa habitación, a esa santuario de la reclusión femenina, para abrir el ropero y toparse con las sabanas de invierno, ropa interior de mujer pudorosamente doblada, el paciente vestido de novia colgado de la percha. Sólo chécheres y más chécheres.
¿Que pasaba en secreto por la mente de aquellas damas arrebujadas en casas de amplios corredores y macetas descomunales? Maldición de los mil demonios. Ojalá algún día pudiese yo huir lejos, escapar con algún conductor de diligencias o al menos un vendedor de remedios para el hipo e irme a los confines del mundo, lejos muy lejos, a algún lugar donde nadie pronunciase o jamás supiese el significado correcto de la palabra chécheres. “Me lleva la tristeza con sus chécheres”, se repetían cada vez más mentalmente cuando anunciaba su tía Agueda, con gran eco triunfal, el inicio de la larga tarde: niñas vamos a la plazuela a tomar una nieve, hay que salirnos un rato de estos chécheres.
Por eso recibían con emoción la cita del sacristán casamentero o la prima alcahueta que venia a avisar que pronto llegarán de visita sus primos que viven en la ciudad o en el puerto… nada como la posibilidad del fuereño como válvula o llave de escape de la asfixiante cotidianidad.
Los bailes y verbenas eran por eso un mayor acontecimiento que hoy en día. Ahí una vida podría definirse a través de un encuentro casual o la persistencia del amable caballerete que, precisamente, insiste violar la regla de no bailar dos veces con la misma señorita a la que se acaba de conocer.
Las etapas y edades del amor quizá solo las podemos percibir con más fuerza desde la edad mediana del ser humano. Confundir el amor con el romance y el romanticismo es el error más peligroso que afrontamos o cometemos sin darnos cuenta. Eso era el riesgo que mas se corría en ese pasado de relaciones vigiladas y encerradas tras un claustro de prejuicios.
No hay loco que no sea enamorado, suele decir la gente en Sinaloa, y aunque uno ve al amor como un accidente que perturba o estremece nuestras vidas, para algunas personas es una necesidad básica y tienen razón.
El gran problema es que el amor siempre destruye lo que inventa, lo que infesta y lo que infecta. Pero siempre todos esos momentos son una gran fiesta para el espíritu. A veces es tan grande esa alegría que permite soportar la inevitable decepción posterior.
Mi novela favorita de amor es Tom Sawyer. Ya se que no es novela de amor propiamente, pero yo era un niño romántico y tímido y esa historia me revelaba que era posible que se diera el amor entre infantes… La moda de releer a Jane Austen y adaptar sus obras proviene quizá de una excéntrica nostalgia por ese mundo del pasado donde la mujer solo podía esperar y esperar para recibir la posibilidad de recibir el amor o un simple cambio de vida. Qué bueno que eso es tiempo ido y sólo material de nostalgia, recreación y divertimento, como este pequeño artículo que aquí concluye, pensado para este mes de la mujer.