Los atajos. Nuestra todavía incipiente esfera pública, entendida como el espacio en que los particulares debaten los asuntos públicos, vigilan las decisiones y acciones de los poderes y les exigen rendir cuentas, presenta en estos días una impresionante colección de atajos en el frente de los medios. Son las vías cortas para simplificar realidades complejas: atajos para ordenar ‘nuestra’ idea del mundo de acuerdo a determinados valores y creencias.
Eso es lo que nos ofrecen a través de los medios quienes definen nuestras conversaciones y discusiones públicas: líderes políticos, empresariales o religiosos aferrados a sus agendas; expertos académicos habilitados como activistas mediáticos para cosechar adhesiones a sus causas; periodistas de investigación que parten de hipótesis únicas para arribar a conclusiones predeterminadas; celebridades de los espectáculos erigidos en jueces supremos de la vida pública, como nuestros (en buena hora) encumbrados realizadores cinematográficos.
El atajo (short cut) está en la definición del concepto de estereotipo, acuñado por Walter Lippman, el más influyente periodista del siglo XX en lo que hoy llamaríamos la globalidad o el padre del periodismo moderno, como lo califican algunos estudiosos. Sus hallazgos sobre ese concepto clave se encuentran en su trabajo temprano Public Opinion, publicado en 1922 y valorado todavía por los académicos de la comunicación más reconocidos de los tiempos actuales, como Schudson y Carey. Lo llaman el libro fundador del periodismo moderno, así como de los estudios de los medios en Estados Unidos.
Rutinas y celebridades. Lippman puso a discusión las rutinas profesionales del periodismo, en primer lugar, su tendencia a simplificar hechos y realidades por la vía de estereotipar personas, grupos, etnias, religiones, nacionalidades, ocupaciones o roles sociales. Criticó, en consecuencia, el estereotipo construido por la prensa de su país sobre los revolucionarios mexicanos de las primeras décadas del siglo pasado. Y pasó a la báscula los intereses que se activan detrás de los medios. Su referencia, los ‘fondos de reptiles’ de que disponía Bismark para preparar la opinión en la prensa de los países que se disponía a conquistar, podría ser un antecedente de los estudios sobre los alineamientos clientelares de los medios de hoy.
Otra rutina profesional de los medios le atribuye un alto valor noticioso a cada movimiento de las celebridades del momento: los ricos, famosos, victoriosos o exitosos, categoría en la que se inscriben hoy nuestros directores de cine de clase mundial. Nada importa —le anticipaba yo aquí tras el Oscar bien ganado este año por González Iñárritu— que la mayoría de las audiencias no haya visto ni vaya a ver sus películas. Estas celebridades han quedado asociadas a través de los medios a una percepción de pertenencia de las grandes audiencias que se gratifican con su éxito, lo que lleva a los propios medios a destacar sus actuaciones más allá del set, con sus opiniones en cualquier campo.
El reparto. Así, Alfonso Cuarón tomó el papel de gurú en materia energética tras ganar el Oscar el año pasado. Iñárritu, tras ganarlo este año, se remonta a su tiempos en la publicidad e intenta colocar en el mercado el discutible sound bite “El Estado es la corrupción”. Y Del Toro se arroga el rol de jefe de personal de la nación para evaluar el desempeño y discernir la permanencia en el poder de los gobernantes.
Y a falta de sistemas maduros para discutir dentro y fuera del Congreso los nombramientos propuestos para la Procuraduría y la Suprema Corte, la agenda de los medios se colma de estereotipos que pretenden reducir la personalidad y la formación de la nueva procuradora, Arely Gómez, a su papel de pariente de un directivo de Televisa. Y la de uno de los prospectos a ministro de la Corte, Eduardo Medina Mora, a su rol en una lista de asuntos previamente estereotipados, condenados en los tribunales paralelos de algunos medios, al margen de los tribunales de derecho.