La Lesbos post Papa es casi igual que la de antes de que llegara el Papa. Del maquillaje exprés a la prisión de Moria, previo a la llegada del Pontífice para tapar sus vergüenzas, apenas queda nada.
Las tiendas de campaña donde duermen los 29 latinoamericanos atrapados en aquel lugar, que fueron desplazadas lejos de los ojos del Santo Padre y de las cámaras cuando la comitiva entró en la cárcel, se han recolocado.
La comida no ha mejorado. “No dejamos de perder kilos”, se queja Giancarlo. “¡No ha cambiado nada!”, sentencia Ahmad, un refugiado sirio. Ni siquiera los guardas policiales griegos, que justo antes de la visita de Francisco se mostraban “más simpáticos: Se han vuelto a quitar la careta”, lamenta.
Por lo tanto, el único cambio en el sitio está en los muros circundantes de hormigón, repintados de blanco para tapar grafitis en contra del pacto sobre los refugiados Turquía-Unión Europea.
Unas 3.500 personas duermen en Moria, en cuyas casas prefabricadas no caben todos. El número sigue subiendo. La mayoría de llegados tras el 20 de marzo pasado a las islas griegas han pedido asilo – según ACNUR, 2.775 personas han alcanzado Grecia este mes – y por ello, en Moria, todo es trajín para resolver las solicitudes de los refugiados. Algunos como Ahmad pronto realizarán su entrevista preceptiva para tratar su petición de asilo. Pero no todos lo han logrado aún.