Si alguien se hubiera empeñado en diseñar un proceso electoral tan incierto y complejo, no lo hubiera hecho mejor. Nada responde a los cánones habituales: un millonario a punto de dinamitar el Partido Republicano, una carrera que puede llegar a la convención sin nominado, un socialista pugnando por presidir EU con apoyo de media base demócrata, una exsecretaria de Estado bajo la sombra de sospecha del FBI… Pues hay más.
Por primera vez en décadas, los dos posibles candidatos a ocupar la Casa Blanca, Donald Trump y Hillary Clinton, reciben el rechazo mayoritario de los norteamericanos.
Un enorme desgaste sin siquiera haber tomado la primera decisión. El 65% de rechazo que como media recibe el magnate y el 55% de la aspirante demócrata contrastan con el 50% de Barack Obama, bastante mejor parado a pesar de haber pasado siete años por exigente escrutinio de la opinión pública.
Leído de otra manera, según la última encuesta publicada por The Wall Street Journal, el diferencial entre partidarios y detractores de Trump sería de –41 puntos y el de Clinton, de –24. El de Obama queda muy ligeramente por debajo de cero, de acuerdo con sondeos de hace unas semanas. Sólo la alternativa republicana a Trump, Ted Cruz, con –23, está cerca en impopularidad.