Terlenka
“De noche soy más pobre que una rata. / Todos me han olvidado, / pero veo la mesa / y el vino que beberé”. Sigo como un alucinado la traza escrita por Thomas Bernhard, y allí permanezco. No continúo. Quien lo hace gira en círculos. Una crítica profunda no perdonaría ese detalle: Escribes y no continúas, gastas la patina agrisada de tu celda, la cual es más pequeña que su propio baño. ¿Cuál es la celda? ¿El cubo de cemento donde vives y continúas? ¿O el baño? La respuesta es obvia: por los retretes fluye la libertad.
¿Y a quién no le gusta compararse con una rata? Pues a quienes son como ratas y visten refinados trajes y nos echan a la espalda su importante vida. —¡Ay, su importante vida. Y viviendo entre cadáveres!—. Ellos se comparan con otro tipo de animales a los cuales encuentran fácilmente en el espejo, es decir en la enciclopedia de las anomalías. Pero, no existe ningún “ellos”, existen pesadillas, eso sí; no puede haber “ellos” porque de lo contrario yo sería un cobarde —los combatiría— y no lo soy; tengo miedo que es distinto; y pronto, espero, no lo tendré. Desafío al futuro y lo enfrento: algún día el miedo se irá, se marchará por entre los barrotes que mi imaginación ha creado y entonces diré, como en otra traza de Bernhard, discontinua: “Ya no tengo miedo. / Ya no tengo miedo / de lo que vendrá. / Se ha aplacado mi hambre, / me he bebido el tormento, / mi muerte me hace feliz.” El tormento no se acaba y mana como cascada de los muros, las calles y las esquinas. El vino Sí se acaba, de pronto está en la mesa, hermoso y a la espera. Y de pronto la botella vacía. ¿Quién los soportaría a ustedes sin beber antes al menos unas gotas? ¿Quién me soportaría a mí sin antes haber probado de la barrica? ¿Cómo se ha podido llegar tan lejos? El comercial de un auto que oteo en un cartel compara a una lata sobre ruedas con la gallardía, la heroicidad, la libertad y la audacia. ¿Quién le ha permitido a estas lacras metafóricas ensuciar de excremento la visión interior? ¿Por qué los albañales se han volcado a cielo abierto? Henry David Thoreau llegó a demandar, en 1848: “Transformemos nuestra vida en una fricción que detenga la maquinaria.” O al menos —exclamaba— no seamos parte de esa injusticia. De esa maquinaria excrementicia. Pero yo no soy un héroe, como lo fue Thoreau desde su pensamiento, romántico, vehemente y honrado. Yo simplemente tengo miedo y espero el hacha que me cortará el cuello y me despeñará en un lugar olvidado, como a tantos otros desgraciados que vagan muertos de boca en boca, no de acción en acción. Tus amigos te cercenan el pescuezo, lo hace tu mujer y hasta los perros que no tienes. Te chupan y luego escupen un bolo de vómito compacto a la yerba. Y nadie sabe nada. Las coces no divagan, y todas pegan en el blanco. En sus memorias, Luis Buñuel escribió que su hermana lo visitaba en sueños con una almohada en las manos. Yo no sé a él, pero esa imagen me insufla tranquilidad. A mí me visita mi madre y me reprocha no haber lanzado sus cenizas al mar. Lo hace a su manera, muy sutil o de un latigazo; no hay en medios, no hay líneas rectas, sólo dos puntos entrelazados.” Yo le digo que la eternidad ya nos jodió. ¿Qué hermana comprensiva y piadosa y dispuesta traerá una almohada a mis sueños? Cuando despierto no despierto, y el peso mortuorio y letal del sueño vivido continúa. A media mañana el miedo ha sido controlado, es decir administrado. Y me pongo a escribir; nada más. La mañana me mira algo asqueada y remolona, y me empuja otra vez a Bernhard: “La mañana lleva un gran saco. / Le digo: eres tan vieja / que no necesitas despreciarme. / Tienes los zapatos rotos. / Tu chaqueta fue en otro tiempo mía…” Nadie merece la publicidad con que nos golpean la nuca desde todos los horizontes. Merecemos el silencio, sólo algunos. Los demás que se batan en su fango salpicado de costras y grumos y se traguen las cuentas ocres del collar que jala de su cuello. Pero el silencio, lo merecemos, algunos, nada más, aunque el miedo se mantenga de pie para hacernos pasar lista. Hace unas horas alguien me preguntó por la mujer que dice vivir a mi lado; ¿Y ella, cómo está?”, demandaron. Me alegra que se interesen en las personas que me rodean, más que en mí. Y respondí, como lo hacía Joseph Roth cuando le inquirían por Friedl Reichler, su mujer: “Muy bien, dadas las circunstancias.” Y las circunstancias eran atroces porque él estaba allí. Sí, estamos allí. ¿Y qué querían? No necesitan echarnos porque ya nos fuimos.