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Subir y bajar

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Terlenka    

Rüdiger Safranski, recuerda en el libro Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía, que el padre del filósofo deseaba para su hijo una vida sedentaria, renuente a los placeres del viaje, una vida de estudio y preparación, una carrera comercial que Arthur aborrecía. Aquel que se comprometa a viajar alrededor de su mente tiene que dejar el cuerpo en casa y debe ser capaz de renunciar a la seducción de los vientos y al tentativo llamado de las tierras lejanas, suponía el padre de Schopenhauer.
En su opinión la equitación y el baile, ayudarían a su hijo a desterrar de su cabeza ambiciones filosóficas o ánimos trotamundos. Para la fortuna de sus lectores y en beneficio de la libertad elemental, Schopenhauer no le hizo mayor caso a su padre y además de viajar constantemente abominó de los negocios y escribió varios libros esenciales y controvertidos de filosofía. ¡Qué consejos tan necios y bellacos son capaces de ofrecernos nuestros propios padres! Hay que mantenerse alerta para mandarlos al infierno cuando se empeñen en confundir su vida con la nuestra.
Mi padre, autoritario tanto como el padre de Schopenhauer, no me dio ninguna clase de consejo respecto a los viajes. Éramos tan pobres que ni siquiera imaginó que su hijo fuera capaz de cruzar frontera alguna. Hasta cierto punto él podía ser considerado un hombre razonable y se conformó con el milagro de que no fuera yo un holgazán o un repartidor de pizza (una de las profesiones que yo más respeto, no está de más ponerlo muy en claro). Cuando llego a una ciudad cualquiera mis primeros pasos apuntan a visitar sus cementerios, sus mercados y sus zoológicos, esto en caso de que la ciudad sea tan grande como para contar con un parque de animales. ¡Cuántas bestias humanas solazándose y haciendo mal en las calles y tantos animales inofensivos y amables recluidos en cautiverio! Después pregunto y averiguo dónde se ubica el monumento o el sitio más alto de la ciudad: tomo aire suficiente, me lleno los pulmones de viento y comienzo la escalada sin importar a qué distancia o a qué altura se encuentre la cúspide. Tan sencillo que sería morir y descender un metro bajo tierra, pero a diferencia del padre de Schopenhauer, creo que la persona que desea viajar con la cabeza debe poner su cuerpo, axilas y zapatos también en movimiento.
En la recurrida y minúscula ciudad de Sintra, en Portugal, tardé, por ejemplo, tres horas escalando la sierra en busca del Palacio de Pena. Alarde innecesario pues de Sintra partía, rumbo a la cima, un autobús colmado de turistas que husmeaban curiosos por las ventanillas. Y no conforme con el agobiante ascenso al Palacio, inicié al día siguiente una caminata de 20 kilómetros desde Sintra hasta Cabo de Roca, conocido como el lugar más occidental del continente europeo. “Tú no quieres viajar, lo que en realidad te emociona es sufrir”, me espetó Yolanda, mi compañera de viaje quien, en esa ocasión, se negó a seguirme hasta Cabo de Roca. “No es así —dije—, tengo la teoría de que las neuronas más desarrolladas están asentadas en las rodillas y hay que ejercitarlas.” En El buscador de almas, la novela de Georg Groddeck —novela publicada por Freud—, el personaje de doble personalidad August Müller—Thomas Weltlein, afirma en contra de los científicos de su época: “Se puede inferir que la melena erizada de Ibsen es un síntoma de esa ambigüedad entre la mentira vital y la verdad de la vida.” Y también dice: “Cuando el cerebro piensa, también lo hacen las puntas del bigote al igual que las uñas y las mucosas intestinales.” La descripción o la idea de que el cerebro se extiende por todo nuestro cuerpo e incluso más allá la encontré nuevamente en el libro más famoso de Gilbert Ryle, El concepto de lo mental, pero no entraré en ello porque de teorías sé poco: ya el sobrevivir día con día forma en sí una mala teoría que se comprueba con la muerte. Yo lo único que sé es que las rodillas me duelen cuando pienso, y viceversa. He comprobado esta dolencia en cualquier ciudad en la que me encuentro y así he ascendido a la Alhambra en Granada, al Cerro de la Bufa, en Zacatecas, o al Castillo de San Jorge, en Lisboa. Subir cientos de metros antes de ser enterrado un metro bajo tierra. Aclaro que no habita en mí ninguna clase de impulso místico y que abomino la metáfora de la ascensión divina. Sin embargo, encuentro saludable martillar las rodillas y despertar a las neuronas meniscos. Por ello insisto en trepar por un cerro hasta el cementerio inglés en Real del Monte, Hidalgo. Un cementerio en las alturas, eso sí que representa una belleza inmerecida. Subir para bajar, ascender y ser enterrado, echar a andar camino al cielo y terminar batiéndose en el lodo. Asciendo, agotado y encorvado. No tieso, como el padre de Schopenhauer, sugería. Qué miedo tenía ese hombre a que su hijo se encorvara: “Una posición erguida —le decía— es tan necesaria en el escritorio como en la vida común, pues cuando la gente ve a alguien en los salones tan encorvado, lo toman por un zapatero o un sastre disfrazado.” Mi padre, testigo también de mi espalda juvenil algo curvada, no perdió su tiempo en sugerencias y me envió directamente a una escuela militarizada. Y de allí, como es de suponer, salí más chueco y más zapatero. Sí, pero no dejé de andar y de subir —que no escalar— cerros, y de escribir libros.