Londres.- Julian Assange faltó a la primera cita, ayer a las doce de la mañana. Unos tres centenares de activistas, cámaras y curiosos aguardaban con ambiente festivo a que se asomase al balcón de la embajada de Ecuador, situada en el Londres más lujoso, justo detrás de Harrods. Incluso se llegaba a especular con que podría salir a la calle, tras hacerse público ayer el dictamen de una comisión de derechos humanos de la ONU que afirma que debe quedar libre.
Pero Assange, que tal vez iba con la hora neoyorquina, asomó finalmente al balcón a las cuatro de la tarde inglesas, para deleite de sus simpatizantes más leales, muchos de ellos sudamericanos, que lo saludaron con grandes aplausos y algún «bravo» en español.
Aunque se habla de problemas de salud psíquicos y físicos, lo cierto es que Julian Assange, de 44 años, no presentaba mal aspecto, trajeado, con camisa azul clara y una corbata brillante que llevaba holgada. Compareció portando en la mano el grueso dictamen de la comisión de la ONU, que concluye que su detención es arbitraria. Lo esgrimió una y otra vez como las tablas de la ley que deben abrir las puertas a su libertad.
El fundador de Wikileaks y antiguo pirata informático no admitió preguntas y habló menos de diez minutos. Calificó la decisión de la ONU como «una victoria significativa para mí, mi familia y mis hijos». Casi al término de su comparecencia llegaron sus palabras más duras, cuando aseguró que los gobiernos del Reino Unido y Suecia afrontan «responsabilidades criminales» si no lo dejan marchar tras el informe de Naciones Unidas. Incluso los amenazó con que «habrá consecuencias tarde o temprano, porque el Tribunal Penal Internacional tiene jurisdicción universal».