¿AHORA QUIÉN PODRÁ AYUDARME?
Ya nadie, porque se murió El Chapulín Colorado y El Látigo Justiciero que teníamos en el periódico. La señora Alba Celia Cruz Molina está que se la lleva el tren, se da de topes en la pared, se tira, se revuelca, y todo por meterse en restaurantes chafa que tienen la portada como de 5 estrellas, pero demasiado tarde se dio cuenta que hubiera sido mejor llevarse a sus amigas a comer en una fonda.
Resulta que nos contó que se fue a comer con unas amigas al restaurante “Vendaval” que se encuentra en Camino Real de la Plata, Zona Plateada de Pachuca, y al llegar, uno de los acomodadores de automóviles, empleado del mencionado negocio, le dijo que le acomodaba el coche, y se lo dejó, siendo una camioneta Mitsubishi, y la metió al sótano. De esto que les cuento tiene un mes, y el dueño del lugar se ha hecho como el tío Lolo, se niega a pagar los daños, dice que el no fue, fue Teté.
Por tal motivo, la señora Alba Celia, acompañada de su marido Roberto Ramírez González, fueron a poner la demanda, y el MP inició la carpeta de investigación 12-2016-00132 por el delito de daño en la propiedad, y la remitieron a la Mesa 3 de los delitos contra la salud y la vida, con fecha 6 del presente mes.
Pero han pasado los días y nada más los traen como calzón de mujer mala, pues el dueño del negocio se hace el tontito y les dio a entender “que le hagan como quieran”, sin que las autoridades correspondientes hagan algo, ellos siguen sentados, muy tranquilos en su mesa, en lugar de cumplir con su trabajo y obligar al mono a que les pague porque su empleado fue el que chocó su camioneta, no la supo meter, y hacerse cargo del destrozo como dueño que es de del establecimiento.
Se estima como pérdida total de la camioneta, modelo 2010, azul marino, placas de circulación HNB-97-11, que tiene un costo de 240 mil Chuchos. Dijo la mujer que haber sabido, les invita a sus amigas a comer unos tacos de canasta que venden en todas partes en la calle. Nos cuenta que el 16 de diciembre, aproximadamente a las 3 de la tarde, ella y dos amigas fueron al restaurante de Camino Real de la Plata, donde un acomodador le pidió las llaves y se subió a la camioneta, observando cómo se metió al sótano mientras ellas se acomodaban en una mesa.
Como estaban en espera de otra amiga que se había retardado, pidieron tiempo para ordenar los alimentos. Poco después llegó el gerente del local, de nombre Alejandro Ávila Cortés, quien le comentó que había ocurrido un pequeño accidente en su unidad, y le preguntó que gustaba ir a verla o después de comer. Alarmada por lo que le dijo, a la señora Alba Celia le latió el corazón a madres, como presintiendo una desgracia, y bajaron echas la mocha a ver.
Se dieron cuenta que el baboso que metió la camioneta se había estrellado, pues se vino de madre en la bajada del sótano, y al chocar contra el muro el neumático se reventó, las bolsas de aire se abrieron y todo el frente de su vehículo quedó como hocico de cocodrilo, todo desmadrado por los lados.
El acomodador fue identificado como Margarito Gutiérrez Álvarez; el gerente les dijo que no había por qué preocuparse, el restaurante contaban con un seguro para las unidades, y clínicas particulares por si les hacía mal la comida. La agraviada llamó por teléfono a su esposo el doctor Roberto Ramírez, y al ajustador de Imbursa, pero nunca llegó el personal de la aseguradora que dijeron que tiene el restaurante “Vendaval”. Los afectados fueron citados al día siguiente, o sea el 17 del mismo mes de diciembre del año pasado, según ellos para arreglar el asunto.
Sin embargo, no hubo arreglo, y Jesús Pereda, propietario del changarro, los recibió de manera muy prepotente, como si fuera un hombre poderoso y se la comía a puños, y además, grosero, les dijo que si gustaban ir a poner su denuncia, que fueran porque él tiene mucha relación con las autoridades, que les fía la comida.
El vehículo permanece aparcado dentro del mismo sótano, en espera de que las autoridades vayan a ver cómo fue lo que pasó, pero hasta el momento no se han presentado. Pero sigan leyendo lo que pasó, para que se den cuenta cómo trabajan nuestras autoridades, y en qué restaurantes nos metemos. Luego de acudir ante el MP, los quejosos procedieron a investigar con fundamento en el artículo 8 constitucional según San Lucas, y en los artículos 1, 2 y 3 de la Ley de Transparencia y Acceso a la Información Pública Gubernamental para el Estado de Hidalgo, Tierra de Trabajo, para que resuelva el problema y se castigue a los responsables.
Los esposos piden a las autoridades que llevan el caso, que lo resuelvan lo más pronto posible, porque llevan más de un mes y siguen iguanas ranas, si se deja más tiempo llegan los cambios de gobierno y se las pueden hacer de tos diciendo que eso fue en la administración pasada, así que hagan su trabajo, cumplan con la ley como debe ser.
Nosotros, los reporteros del Diario Plaza Juárez, seguiremos como cuchillito de palo hasta que las autoridades cumplan, o haremos llegar esto a las de más arriba, porque es nuestro trabajo hacerlo, porque como dijo Jesús: “Dar al César lo que es del César y a Dios, mi amor, que te vaya bien”.
SALÍA DEL BANCO Y LA ASALTARON
Elías Hernández estaba que echaba chispas en contra de los cajeros del Bancomer, pues había mucha gente y estaban muy lentos, y ya llevaba más de una hora para cobrar su quincena de 2 mil 500 pesos, pero lo peor ocurrió cuando salió y tras contar su dinero en la puerta y caminar por la calle de Allende,
donde está la agencia de la Lotería Nacional en Pachuca, sintió que le picaron la espalda y escuchó una voz que lo hizo temblar de miedo:
“Sigue caminando o te agujero”. Sintió lo duro del cañón como de pistola, y obedeció. Como iba muy nervioso, se tropezó, se fue de cabeza al suelo, cayéndole el ladrón encima.
Se levantó, le dio una patada en la barba al ladrón que lo robó, le busco la pistola, y vio que era un pedazo de tubo, se lo quitó y le pegó con todas sus fuerzas en su cabeza, que lo descalabró.
El ladrón al verse perdido comenzó a gritar: “Auxilio, auxilio, me quieren robar”. Salieron unos señores de un comercio de pollos, agarraron a Elías de los brazos, estaba tan enojado que le aventaba de patadas a lo loco. Al llegar una camioneta patrulla, el ladrón se echó a correr, los policías le dijeron a Elías que se subiera, les dijo que por qué, no quería y lo subieron a huevo, lo llevaron a la barandilla de la Policía Municipal.
Les explicó con detalle lo que había pasado, pero no le creyeron, le preguntaban por qué llevaba 2 mil 500 pesos. Les dijo que era lo de su quincena que acababa de cobrar, y se lo querían robar. Le contestaron: “A otro perro con ese hueso”, y lo encerraron por chismoso, acusándolo de ladrón.
Horas después llegaron su vieja y su jefa, y les dijeron a las autoridades que era un hombre honrado, buen marido, buen padre, buen hijo, pero no les hicieron caso, y tuvo que pagar una multa de 3 mil pesos por haber robado y golpeado a un ciudadano que no quiso poner demanda y se fue atender con un médico particular.
Su mamá le agarró las manos a Elías y su vieja le tapó la boca con las manos para que no les fuera a mentar la madre a los policías y lo metieran de nuevo.
SE METIÓ EN LO QUE NO LE IMPORTA
José Luís Flores Cortés, de 46 años, trabajaba como albañil, metió paz y le dieron un balazo en la cabeza. Todo comenzó cuando al taller electromecánico de Francisco Hernández, de 45 años, llegó un mono que nunca supo su nombre, solo lo conocían como Campos Murillo, llevándole una carcacha que le fallaba la luz, las direccionales no funcionaban y el estéreo se escuchaba gangoso.
El maestro se lo puso al tiro, le cobró una buena lana. A los pocos días llegó Campos Murillo a decirle que su trabajo había valido madre, que le salió peor, se le fundieron todos los focos, y que le devolviera su dinero o lo agarraba a madrazos, y se soltaron los golpes, se dieron hasta por debajo de la lengua, el que iba perdiendo era el mecánico, que estaba bañado en sangre, y pedía paz.
En ese momento entró Luís Flores, que era su albañil del maestro mecánico, los separó diciéndoles que no pelearan, que deberían de quererse como si fueran hermanos. Como Campos Murillo estaba borracho, no entendió razones y se le fue a madrazos a José Luís. El albañil le dio un madrazo en el hocico al broncudo, éste se enojó, echó mano a su cintura, sacó una pistola saco y le dio un balazo en la sien derecha, que cayó muerto al instante. El matón se subió en su coche y se fue. El mecánico se escondió y el que pagó el pato fue su albañil, quien no supo que el que mete paz saca más.
LE QUITARON SU TRÁILER
Enrique Vázquez, de 30 años de edad, sufrió una pesadilla en el fondo del infierno que nunca olvidará, fue tanto el susto, que le ganó en los calzones cuando le salió una tercia de ladrones con pistola en mano.
Le contó al Ministerio Público, que llevaba un tráiler a la ciudad de Veracruz, cargado de jugos, pero al pasar por el trébol de la carretera Pachuca-Ciudad Sahagún, se bajó a revisar las llantas. Eran como las 10 de la noche, de momento, cerca de él se paró un carro viejo grande, se bajó un tipo que le preguntó a dónde quedaba Sahagún. Cuando el chofer levantó la mano para mostrarle la dirección, sintió un golpe en la cabeza, que vio estrellitas y cayó sentado.
El tipo cortó cartucho y le apuntó en la cara.
Otro de los hampones con pistola en mano, lo paró de las greñas y lo recargó en el tráiler, y de las bolsas le sacó su cartera y mil pesos; lo metieron adentro del carro viejo, tirándolo en el piso, mientras otro se llevaba su tráiler. Enrique les dijo que no le hicieran daño, que tenía vieja con un chorro de hijos, pero lo callaron pegándole en el hocico.
Lo metieron por un camino de terracería que no sabe ni por dónde era, y lo sacaron a empujones, diciéndole que no se moviera durante dos horas. Obedeciendo, se quedó sentado; a lo lejos vio luces, eran los centros nocturnos que están en la carretera. Cuando calculó que habían pasado las dos horas, caminó y llegó a una gasolinera, donde estaba un taxista, a quien le platicó lo que le había pasado, y lo llevó al Ministerio Público, donde le dijeron que habían encontrado su tráiler pero con la caja vacía. El chofer, rascándose la cabeza, les preguntó: ¿A poco se los tomaron?
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