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Letras y Memorias

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Letras y Memorias

Senza rimpianti

Te tumba el sueño. Caes en un inmenso trance y cuando reaccionas, una parte de ti lleva buen rato despierta. Tu mirada sigue los patrones de oscuridad en la habitación fría, pese al arribo de la maldita primavera negra; el cuerpo inmóvil se sujeta y abraza a las sábanas que un día fueron arrullo y hoy son cadenas.

A lo lejos, dentro de la misma habitación, percibes un susurro que primero te pincha en el ojo y ve rodar una lágrima, pero que después se repite y te permite trazar en el rostro una sonrisa. “Vivere senza rimpianti”, es lo que reza aquel susurro proveniente del libro en el estante; ese mantra viene desde el rincón y orbita por el techo, el marco de la puerta y las pálidas páginas de tu libro amado, uno donde has aprendido los trucos que los magos de las letras emplean cuando realizan su encanto.

“Vivere senza rimpianti”. Lo escuchas de nuevo y queriendo encender la luz, notas que no puedes, porque mientras yaces inmóvil aprisionado en las sábanas, una parte de tu alma se desprende de los huesos y emprende el camino hacia un leónido punto del bajío. Camina hacia allá con la misión de ver a lo lejos ese jardín adornado de flores, y los luceros que un día te iluminaron como ni siquiera el sol consiguió hacerlo.

Allá va, lenta pero firme en el andar y con el único propósito de alcanzar ese sitio al que el cuerpo no ha sabido regresar; allá va ese trozo de alma que se hizo uno con la tinta del saludo en el libro, y que seguirá siendo uno con las memorias intactas del otoño vivido hace no mucho. 

El mundo no es tan amplio cuando la pasión del corazón se ve guardada en esa habitación que hoy te mira atrapado, y que es una suerte de proyección de la mente, en donde siguen anidados los momentos que nos elevaron, porque se comieron a los que te destrozaron. El mundo no es tan amplio cuando recuerdas los pasos que te llevaron hasta aquella banca de la Plaza Juárez sólo para encontrarte con el milagro de un diciembre vivo, dibujado en la silueta que amaste hasta que el invierno te alcanzó y seguiste tu camino, y ella avanzó hacia su destino. 

Despiertas. Todo alrededor es muy confuso, pero te sabes seguro en la fantasía que creaste, en el mundo mágico que unas manos tibias diseñaron y que fue cubierto con el negro de la noche transformado en una cabellera lacia y aquellos labios estelares. 

“Vivere senza rimpianti”, te repites. Porque no hay remordimiento en haber saludado aquel día de noviembre, y tampoco lo hay en el beso que añoraste y finalmente entregaste. No hay remordimiento porque así debe vivirse la vida, y prueba de ello son las flores que un día se fueron pero con la llegada del sol tras la pesadilla del invierno, han vuelto y renacieron entre las heladas despedidas que no nos alcanzaron, pero que hoy laten. 

Sonríes. Tomas un momento para asimilar la oscuridad de la habitación y entiendes que si ya no hay vida nueva, vivirás de nuevo aunque te lleve toda la existencia en ello. Un paso, dos pasos, tres pasos y llegas al librero, tomas tu texto predilecto y al abrirlo, la piel se torna cálida y el corazón salta alegre. El alma regresa al cuerpo y con un susurro suave te dice que logró su objetivo, que han hablado, y que la vida se está viviendo sin arrepentimientos. 

¡Hasta el próximo miércoles!

Postdata: Si algún día nos reencontramos, tal vez no sea por casualidad.

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