El Gobernador y yo: Don Jorge Rojo Lugo
Tercera parte
Antes que nada, ofrezco disculpas por caer en una trampa de la memoria. Agradezco a Paco Díaz Arriaga, la observación en el sentido de que, en mi pasado artículo, cité a Gonzalo N. Santos, con el apelativo “El Tigre de Huitzuco”, en lugar de “El Alazán Tostado”. El primero corresponde a Don Rubén Figueroa Figueroa, autor de la frase: “la caballada está flaca”. Confieso que la excusa iba a decir “me equivoqué de cacique”, pero entonces vino a mi memoria una frase de Don Manuel Sánchez Vite, cuando un periodista le preguntó si él era un cacique, contestó lapidario “el único cacique de México está en Los Pinos”. Presentada la justificación… prosigamos.
La primera parte del mutilado sexenio de Don Jorge Rojo Lugo, fue corta en extremo (sept 75/dic 76). Su labor política por todo el Estado se sentía. Perdóneme si cometo una falta a los protocolos políticos o familiares, peor aún, un sacrilegio; pero para una tarea como ésta, ilustra más la anécdota que la crónica e, incluso, que la verdad. En las letras no se puede separar lo inseparable; no es mi intención herir susceptibilidades ni reabrir lastimaduras afectivas que ya están cicatrizadas por el simple transcurso del tiempo, sin embargo, es mi obligación ética repetir que, en esta labor de reconstrucción, el Gobernador contó con el gran respaldo de la Señora más carismática y comprometida en la historia de las primeras damas. Hasta la fecha, Hidalgo guarda con cariño a quien ya forma parte de su patrimonio familiar y cultural: Doña Silvia García de Alba de Rojo Lugo.
En estos primeros meses, tuvo lugar una anécdota que surgió en la campaña y que ya se había pergeñado en otro escrito: mi circunstancial reunión con una pareja de “periodistas” que tuvieron la osadía de atacar a uno de los hombres fuertes del rojogomismo: Don Tobías Cruz Esparza. Al verme en obligado coloquio con ellos, durante la presentación que nos hizo mi colaborador Pepe Olguín; el controvertido personaje llegó a la equivocada conclusión de que yo utilizaba otras firmas para encubrir las “fechorías” de mi pluma. Los ataques que publicaron, eran realmente furibundos, sesgados, terriblemente ofensivos…
En pasadas generaciones, la historia comunal registra violentas desavenencias que se dirimieron a la vieja usanza (balazos) con algunos miembros de mi familia; era simple involucrarme como continuador de esa pelea que, evidentemente, ya no era mía. En ese contexto, recibí un mensaje con una rotunda amenaza: “Don Tobías te va a matar”. Era fama pública que él jamás amenazaba en vano; devolví el recado con la verdad: “Yo no fui”.
Cierto día, a invitación de mi amigo Mario Espinoza, acudí a una comida para celebrar su elección como Presidente Municipal de Actopan. Al asomarme a la puerta del lugar en donde tenía lugar el convivio, lo primero que vi fue la figura de Don Tobías, pontificando amigablemente con un buen número de sus fans. Entonces me asaltó la duda: ¿me voy? ¿me quedo? En el primer caso, me auto declararía culpable y, además, miedoso; en el segundo, sería un insolente retador. La decisión fue: me quedo. Instalado en un lugar cercano al disertante, me vio e interrogó un tanto agresivo: -Profesor ¿qué se siente estar entre los ganadores? Más o menos preparado para una interpelación así, contesté, seguro: -Con los amigos se debe estar siempre, aunque se pierda, Señor Cruz. Seguramente no esperaba tal respuesta, se quedó callado solo para, al poco rato, arremeter: -Yo creo que para hacer política, sólo hace falta una cosa: inteligencia, ¿O qué opina, Profesor? Entonces contesté -Estoy de acuerdo parcialmente con Usted, Señor, pero considero que su afirmación está incompleta. -¿Por qué, Profesor? -Porque creo que no se necesita sólo una cosa, sino tres -¿Cuáles? Preguntó con extrañeza -Una inteligencia y dos güevos: la inteligencia sin valor no sirve y el valor sin inteligencia, tampoco.
Al poco rato, alguien sacó una guitarra y junto con el Profesor Raúl Montaño (QEPD), empezamos a cantar. Don Tobías se sumó al coro y, verdaderamente emocionado, nos empezó a solicitar canciones, peticiones que, obviamente, complacíamos. El hombre estaba feliz (la música calma a las fieras). En algún momento, Don Tobías se levantó y me dijo: -Me aceptas una cruzada -Claro que sí, contesté. Los anfitriones colocaron una mesa a la sombra de un mezquite: -Tráiganme un jarro de pulque, ordenó; y el jarro llegó. Después de la primera cruzada me dijo: -Muchacho cabrón ¿no me tienes miedo?, a lo que contesté (ya medio empulcado) -No, para nada, ¿por qué habría de tenerte miedo (ya nos hablábamos de tú) -Porque tú me pegaste en el periódico. -Yo no fui, le dije; si algún día lo hago, te lo firmo; te doy mi palabra de hombre que yo no fui. -Dame un abrazo, me dijo, ¿amigos para siempre? -Amigos, Don Tobías. Los dos cumplimos esa palabra. Yo no lo sabía, pero éramos parientes muy cercanos. En otros tiempos y lugares, platicamos y cantamos muchas veces. Era un hombre rudo, violento, pero altamente sensible; además de política, le gustaba hablar de La Ilíada, La Odisea y otros clásicos. Su charla era amena y respetuosa… Descanse en paz, mi gran amigo.
El 1 de diciembre de 1976, el Presidente José López Portillo invitó oficialmente a Rojo Lugo para que se integrara a su gabinete, como titular de la Secretaría de la Reforma Agraria. Nuevamente la incertidumbre se instaló en la clase política de nuestra entidad ¿quién sería el Interino? Poco duró la duda; no hubo sorpresa cuando se dio a conocer la decisión: el ameritado militar y abogado, Don José Luis Suárez Molina, Senador suplente de Guillermo Rossell, Diputado Federal en dos ocasiones, Presidente del CDE del PRI, funcionario federal de Aduanas… hombre muy cercano a Don Javier Rojo Gómez y a toda su familia… Cuenta la leyenda que Don Jorge recibió de su padre la encomienda de ayudar al también militar, cuando la circunstancia se presentara. Ésta fue propicia y el destino se cumplió, bajo los mejores augurios.
Siempre he pensado que una de las máximas virtudes de un político, es saber retirarse a tiempo o, en su caso, que su muerte sea oportuna. La historia es implacable: cuando las oportunidades llegan fuera de contexto, cuando los astros perdieron su alineación favorable para un desempeño exitoso, una oportunidad puede volverse tragedia. El poder no transforma a los seres humanos, sólo los desenmascara. El hombre más querido por Don Javier; el de todas las confianzas; el fraternal amigo… investido de poder, mostró facetas de su auténtica personalidad, hasta entonces ocultas.
De esto hablaremos en la siguiente entrega.