Me niego a abandonar el fútbol
- Para César, Mario y José Pablo
Por: Gerardo Vela
A veces siento que no puedo más, que mejor debiera abandonar mi pasión por el fútbol y dedicarme a seguir una disciplina aburrida, con pocos altibajos emocionales y que me demande menos compromiso, algo soso, aburrido, sin sobresaltos; quizás el golf, el tiro con arco, el críquet, ¡qué sé yo!
Lejana parece la época en que Roberto Baggio y Ronaldo -el fenómeno- recorrían las canchas dejando a su paso una hilera de contrincantes pasmados y con la cintura rota, aquella era en la que Zinedine Zidane y Juan Román Riquelme le mostraban al mundo el significado de elegancia, acariciando la pelota de tal manera que hasta a ésta le daban ganas de jugar mejor; esos tiempos en los que Jared Borgetti hizo brincar a todo México, segundos después de haberlo hecho él mismo para dibujar una espiral en el aire y clavarle a Italia un golazo de cabeza que ni el mismísimo Gianluigi Buffon pudo detener.
Recuerdo la Copa América de Perú, allá por el dos mi cuatro, cuando no tenía otra preocupación que arrimar un banco al lado del sillón de mi abuelo para ver todos y cada uno de los partidos que la televisión nos permitía, llevando, desde luego, un riguroso registro de los resultados en el almanaque que alguna revista de supermercado incluía.
Horas pasé leyendo y coleccionando cuantas publicaciones de fútbol caían en mis manos, tanto nacionales como extranjeras. Con mi profesor de filosofía, en la preparatoria, compartí un libro de Juan Villoro, “Dios es Redondo”, en el que aprendí que “un mexicano adicto al fútbol es, entre otras cosas, un masoquista que colecciona agravios, jueves de dolor para los que no hay domingos de resurrección”, mientras que en una compilación de la obra fotográfica de Andrea Staccioli descubrí que no había mirada tan melancólica en un estadio como la de Francesco Totti, eterno capitán de la Roma.
Dijo Quique Wolf, “¿Cómo vas a saber lo que es el amor, si nunca te hiciste hincha de un club?”
Ahora vivimos días oscuros, en los que el dinero se ha apoderado, tal vez sin remedio, de un juego que ha perdido autenticidad, para poner en su lugar eso que los grandes empresarios y señores de negocios entienden como “valor agregado”. Lo de hoy no es formar clubes, sino corporaciones. Nunca antes había sido tan grosera la negligencia y el cinismo de poner lo financiero antes que lo deportivo.
En México, particularmente, la cosa pinta para mal, pues si de por sí tenemos un balompié con poco roce y prestigio internacional, se han tomado decisiones que acabarán por destruirlo. Ya no habrá ascenso y descenso, ni mucho menos clubes nacionales en competencias sudamericanas, incluso están queriendo desaparecer injustamente a equipos tradicionales de la liga sin importarles los aficionados. El mexicano es un fútbol surrealista, donde los dueños y las televisoras creen que tienen un producto con prospectiva global, cuando ni siquiera en casa tiene credibilidad.
Pero aún con todo, me niego todavía a abandonar el fútbol, pues en el fondo el amor por el equipo propio va más allá de esa visión mercantilizada y capitalista que tanto desprecio. Algo así como la canción de Facundo Cabral, que dice “pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”, así también, pobrecitos los directivos, piensan que en verdad son dueños del futbol.
Porque todo eso que nos quieren vender como si fuera suyo, el romance, el arrabal, el nudo que se forma en la garganta antes de gritar un gol mientras ves el balón volar hacia el ángulo… en realidad es nuestro y siempre lo ha sido.
*Abogado y profesor del Tecnológico de Monterrey
Twitter: @GerardoVela