LA GENTE CUENTA
La vecina del 203 ha vuelto a gritarle a su esposo. Vaya forma de anunciar que un nuevo día ha comenzado, y ante las limitaciones que ahora tenemos todos en el edificio, solo me levanto para prepararme mi enésima taza de café en lo que va de esta semana; mi itinerario me indica un viaje al sillón de la sala, pero la vista de la ventana parece ser el mejor plan del día.
Los rayos incipientes del sol y mi café en la mano dan una pequeña apariencia de un amanecer de película. En efecto, la señora del 203 sigue vociferando cosas a su marido: aunque parecen la pareja más sólida del edificio, los días de confinamiento le han sacado a ella un temperamento nunca antes visto. Y don Justo, su señor, sólo resuelve la situación saliendo a su balcón.
-Buenos días, joven, Una disculpa por los gritos –me lanza un saludo una vez que me ve fuera, en mi espacio
-No se preocupe, don Justo. Espero que tenga un excelente día.
De pronto, el ruido de unas guitarras irrumpe el ambiente. El chico del 190, un joven universitario cuyas clases fueron canceladas, comienza a darle ambiente al día con sus típicos discos de heavy metal, Don Justo hace un mohín de desaprobación y parece que prefiere escuchar los gritos de su esposa que el repertorio de gritos sin sentido.
-Oye… Sí, el chico del ruidazo… ¿Podrías bajarle un poco, porfas? A nadie le gusta lo que pones.
La guapa vecina del 179 sale también hacia su balcón para protestar por el ruido matinal. Ella es una joven mujer que se cree estrella del internet, en donde su celular es su principal arma, y un perfume floral es su esencia. Al momento que trata de llamar la atención del metalero, nota mi presencia, y con sonrisa coqueta agita su mano. Yo respondo por cortesía.
Al parecer, los habitantes del 155 no están interesados en formar parte de esto: en lugar de reclamos, son risas de niños las que inundan las paredes de su departamento, mientras que una joven madre trata de meterlos en cintura, a la vez que trata de lavar su ropa y hacer de desayunar. Solo sale un momento a fumar un cigarrillo.
De pronto, un hombre apuesto que vive al lado de ella, en el 156, también sale hacia su balcón para respirar aire fresco, y en un momento, sus ojos y los de la madre soltera se cruzan, y se dedican a platicar. Ella muestra un gran interés en él, y todos en el edificio lo saben.
-Buenos días, muchacho –el señor del 210 sale a saludarme -. ¿Planes para hoy?
-No sé –suspiro meditabundo-. Algo me dice que la vista de mi ventana promete mucho.