CRÓNICA EN TIEMPO REAL
El tiempo como pasmado por los acontecimientos parecería que camina más lento. Ya son cuatro días que Jacinto no ve a su Marina, le brinca el corazón cuando la trabajadora social con un rostro aburrido le informa que continúa grave, y que no se aparte de la sala por cualquier noticia. El mismo día que la internaron le pidieron varios medicamentos, y ya casi al final el médico encargado de la terapia intensiva le dijo -como preparándolo para algo- que su estado era grave y que lo mejor sería que lo platicara con su familia.
Jacinto respira con alivio cuando la trabajadora social se va sin haberlo llamado, inclusive como si eso cambiara algo, hasta se esconde de su mirada.
Solo tiene un amigo y desde que internó a su mujer cómo quisiera platicarle lo que siente; sabe que sus hijos, aunque quisieran, no pueden venir porque están como indocumentados.
Vicente tiene su misma edad y es de los pocos peluqueros a la usanza antigua que quedan en la comarca; como a todos los viejos le gusta platicar de los tiempos idos, de cuando se podía platicar mucho tiempo sin la interrupción de un teléfono celular, y caminar sin miedo por las calles hasta caída la noche. Su peluquería se llama “El gran tocador”; siempre que puede, Jacinto se burla del nombre, porque sabe que no fue un gran futbolista, pero de inmediato Chente le revira que en las lides del amor fue como el que más.
Cuando se enteró que Marina estaba hospitalizada, bajó la cortina de su negocio, y le pidió a su hija que desde que quedó viudo vive con él, que lo acompañara al hospital. Sofía tiene 43 años de edad, estuvo casada pocos años, y ahora vive con su padre.
Llegaron hoy mismo después del mediodía a la sala de espera del hospital. Aunque grandes rebanadas de luz entran por los ventanales, se ve triste. Chente encuentra con rapidez a su amigo, y sin importarle “Susana Distancia”, se apresura y lo abraza con ternura.
Cuando una viejita llora se ve muy natural –así nos enseñaron-, pero cuando dos hombres abrazados los hacen, exprime el corazón. Jacinto se siente en puerto seguro, y no hace falta dar mucha información, pero sí hace falta decir que el milagro de la amistad ha empezado a desgranarse.
Después de dejarlos sabiamente unos momentos, Sofía se acerca y convence a Jacinto para que vaya a su casa a descansar, necesita dormir asegurándole que ella se quedará hasta el día siguiente, que dirá a los informantes que es la hija para lo que haga falta.
Los dos viejos salen del hospital hablando poco, pero sabiendo ambos que el mundo ahora lo pueden repartir en dos partes, que el dolor se carga mejor cuando dos se ayudan.
El departamento de Jacinto ha envejecido mucho en estos días. Sentado en la cama descubre que la oscuridad es intensa, que las cortinas siguen cerradas y que el olor a humedad se ha acentuado, y que ahora inclusive huele a cloro. Se promete que ahora que regrese su mujer arreglará todo; piensa también, que hará más dibujos de zapatos de niños para ganar más y poder hacer lo que siempre han soñado y pospuesto: una semana en el puerto de Veracruz.
Cuando despierta todo espantado se da cuenta con dificultad que ya es un día nuevo, que ha dormido más de doce horas sin darse cuenta, y todo apresurado se baña, come, y sale corriendo pensando en su Marina. Sus vecinos no lo saludan, pero sabe bien que lo están viendo por las ventanas, parecería que le tiene miedo, ¿le tienen miedo?, una niña del departamento vecino sale y lo saluda, pero su madre con rudeza la mete como si fuera la imagen del que no es bueno. Juvencio cae en la cuenta que le tienen miedo porque creen que los puede contagiar del famoso virus en forma de corona. Siente rabia y coraje, y así solo pensando, imagina que ahora sucede como dice Juan en el nuevo testamento, cuando los leprosos tenían que andar con una campana en el cuello, es obvio -concluye- que le fueron a echar cloro a la puerta para ahuyentar el virus. ¡Maldita ignorancia!
Cuando llega al hospital encuentra a su amigo Chente que platica con su hija Sofía, le informan que una doctora muy joven lo ha buscado con insistencia, su rostro se descompone y tiene miedo de lo que algo haya sucedido. Sofía lo tranquiliza y le asegura que el día de mañana vendrá nuevamente a ayudarlo. Es ahora Vicente el que le pide las llaves de su departamento para que por la tarde junto con su hija lo vayan a asear y ponerlo como nuevo para cuando regrese Marina. Los abraza y besa a ambos sintiéndolos muy cerca de su vida.
Se trata de la doctora que recibió a su mujer, no la podría olvidar, es bonita, pero sobre todo es buena. Le explica con cuidado que su esposa sigue muy grave, y que ha conseguido que pase a verla a lo lejos, lo ayuda vestirlo como astronauta, y así suavemente como un vals de Juventino Rosas lograr ver el rostro inmensamente bello de su mujer…
(CONTINUARÁ)