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Aislamiento

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LA GENTE CUENTA

Una gota transparente cae desde una manguera a un recipiente traslúcido, de forma rítmica, como un segundero. Un fuelle inyecta de aire artificial a mis pulmones a través de una mascarilla, un aire que llega a irritar un poco mi garganta. Una serie de mangueras y cables entran y salen de mí, como si mi vida dependiera de ello.
    Enfundado en una especie de bata blanca, mi cuerpo inmóvil descansa sobre una cama, envuelto solamente con una sábana, mientras que sonidos electrónicos acompasados dan cuenta del tiempo en el que estoy aquí, aunque para ser sinceros, es lo menos que me importa ahora: si avanza o si se detiene, para mí da igual.
    Trato de inhibir con la mente los sonidos del exterior, y me concentro de mi propia respiración: a mi cuerpo le cuesta trabajo vivir por su cuenta, y mi pecho lo resiente; es como si tuviera un silbato o cualquier objeto dentro de mí, atravesando mi tráquea, y mis pulmones, débiles, resquebrajados, hace la titánica labor de seguir llevando oxígeno a todo mi organismo.
    A pesar de tener la respiración difícil, dentro del cuarto en el que me encuentro se llega a percibir un olor fuerte a cloro, un olor típico de los hospitales que no en todos los lados se da. Y a manera de protección adicional, encima de mí han puesto una enorme carpa transparente, en cuya entrada advierte los peligros de atravesar ese campo de fuerza.
    -Buenas tardes, joven. ¿Cómo se encuentra?
    ¿Tardes? Parecía que fue hace dos horas, o dos mil goteos desde que apenas amanecía… No lo sé realmente. Moviendo la cabeza respondí el saludo.
    Aquel hombre de barbas blancas, pero cubierto de ropas del mismo color, de igual manera que su tapabocas y sus guantes, comienza a auscultarme, toma lectura de cada uno de los aparatos, y mide mi temperatura corporal.
    -Vamos mejorando, muchacho. Quizá es cuestión de semanas para que te demos de alta. Por su puesto, con sus debidas precauciones.
    Una nube de curiosidad invadió mi mente, harta de contar las gotas de aquel envase traslucido.
    -Doc…
    Una tos terrible tomó por sorpresa mi humanidad. Mis pulmones imploraban ya salir de su crisis. Los aparatos soltaron una alarma aguda. El hombre de blanco inyectó algo en aquel cuentagotas.
    -Necesitamos que te relajes –dijo finalmente-. No sé cuánto tiempo tome recuperarte, pero si es necesario tendrás que quedarte mucho tiempo aquí.