“EL CAPULINA”
A Jorge Hernández le decían “El Capulina”, pues estaba chaparro, gordo, y muy parecido al artista cómico, hasta en lo mamón. Trabajaba en la mina de San Juan Pachuca. Estaba casado con Gloria “La Chata” y vivían en la vecindad de don Molina, en el callejón de Manuel Doblado 24, barrio de La Palma.
Como todos los mineros, era muy cabrón y parrandero. Lo primero que hacía era meterse a la cantina y de ahí no salía hasta que ya estaba borracho.
En los años de vivir juntos, la pareja había tenido varios hijos, dos niñas y tres niños, negros y feos, igualitos a su padre, hasta en lo pendejos. Una vez que estaban comiendo, “La Chata” le dio la noticia de que estaba esperando otro hijo. “El Capulina” se levantó, la cargó, le dio de vueltas, pero se le enredaron las patas y cayó encima de ella, que sonó como claxon. La señora, haciendo gestos, se levantó, muy enojada, y le dijo:
• ¡Baboso! Ten más cuidado, hasta me sacaste el aire. Pudiste haberlo matado.
• Perdóname, vieja, pero no pude controlar mi gusto. Voy a brindar con mis amigos, a salud del que viene.
• No te tardes.
“El Capulina” se metió a la cantina el Relámpago, ahí encontró a sus cuates, les dio la noticia que iba a ser papá. Todos lo felicitaron, se aventaron unos pulques y cubas. Les decía:
• Me cae de madre que tuve mucha suerte al encontrarme una vieja como la que tengo. Hace 5 años que me la robé, y vamos por el sexto.
• A la que le habías de dar gracias es a tu suegra, que te dio la mejor mula.
• Esa pinche vieja, ni me la nombres. Hace rato que pasé por su casa y se me puso en guardia. Me iba a regresar y aventarme un callo con ella, pero no quiero hacer enojar a mi vieja, se le vaya salir el chamaco.
• ¿Por qué no te quiere la señora?
• Pinche vieja, le caigo como mentada de madre porque me robé a su hija. Ella quería que la sacara de blanco y que saliera del brazo del papá, ya que todas sus hijas le fallaron, y ella era la más chica; pero me cae que no pude juntar dinero para la boda.
Pasó el tiempo. Un día, a la medianoche, la señora se comenzó a retorcer como gusano, a pujar como si estuviera estreñida. “El Capulina” se levantó, prendió la luz, y le dijo muy cariñoso:
• No me digas que ya, vieja.
• Sí, tengo los dolores muy fuertes, y siento que se me acalambran las pinches patas. Mientras preparo las cosas para que me lleves a la Clínica Minera, ve a la casa de tu mamá y le dejas los niños encargados. Pero date prisa porque siento que ya se me sale el chamaco.
“El Capulina” parecía tlacuache cargando a sus hijos, y le dijo a su mamá, doña Nacha:
• Jefa, ahí te encargo a mis hijos, voy a llevar a Gloria, porque va a tener otro hijo.
• Ya le habías de parar, hijo, el chiste no es hacerlos sino mantenerlos, y luego tú que no sientas cabeza, faltas al trabajo y eres muy borracho.
• Ya jefa, deje de estar echando truenos, ahorita vengo.
Jorge y su vieja llegaron a la Clínica Minera. A la señora la metieron a la sala de maternidad, mientras “El Capulina” se paseaba como león enjaulado, hasta que le fueron a decir que había nacido. Entró corriendo, dándole un beso en la frente a su señora, le dijo:
• Muchas gracias mujer, por haberme dado otro niño.
Cuando lo destapó, se hizo para atrás, muy sorprendido, al ver un niño güero. Le dijo a su señora:
• ¡No mames! ¿Ahora qué pasó?
• ¿De qué hablas?
• No te hagas pendeja, este no es mi hijo. Los míos están como el zurullo. ¿Por qué este es güero? A mí se me hace que me diste maroma con el abonero.
• No pienses mal, Jorge. Ha de haber abueleado
• No mames, yo conocí a tu abuelo, era prieto. A mí se me hace que…
El Capulina se salió chillando de coraje, llegó a la casa de su mamá, quien le preguntó:
• ¿Qué te pasa hijo? ¿Se murió el niño?
• Nada de eso, jefa.
• Lo dices todo desganado, yo creo que a lo mejor es niño y querías una niña.
“El Capulina” se quedó callado.
• Te estoy hablando hijo. Parece que te comieron la lengua los ratones. Ya te conozco mosco, otras veces, cada que nace tu hijo, te metes a la cantina y no sales hasta el día siguiente.
• Sí jefa, la estoy escuchando.
• A ver dime ¿cómo es el niño? ¿Se parece a sus hermanos?
• Mañana lo va usted a ver. A mí se me hace que no es mi hijo, que mi vieja me engaño. El niño, a pesar de que está pelón, tiene los pelos rubios, y es güero:
• No lo creo, porque lo que sea de cada quien, Juanita te ha aguantado pobrezas, golpes y hambres, y creo que no fuera capaz de meterse con otro hombre.
• Pues mañana va a leer en los periódicos que encontraron en la clínica minera a un a mujer que engañaba a su marido toda desmadrada, y a un recién nacido muerto.
• Ni Dios lo quiera. Descansa y mañana te acompaño a ver qué es lo que sucedió.
En esos momentos las enfermeras de la Clínica Minera discutían ante la jefa de enfermeras porque sin querer habían confundido a los recién nacidos.
• ¡Cómo que no te diste cuenta, pendeja! Confundiste un niño güero con un negro. Ahora tienes que arreglar tus pendejadas. Me cayó de extraño ver salir a un hombre echando mentadas y golpeando la pared.
• Lo que pasó es que, como tenemos cobijas iguales los enredé y no me di cuenta, les voy a decir la verdad, hace rato llegó el papá del niño güero, al ver que su vieja tenía un niño negro, armó un desmadre y le pegó y lo mismo que hizo el otro, salió como loco volado, que me atropelló con mi carrito de medicinas. Pero al rato que regresen yo les explico todo.
Por otro lado al “Capulina” no le calentaba ni el sol. Muy temprano, se metió a la cantina para poner en orden sus ideas. Le preguntó a su compadre “El Pájaro”:
• Oye, compadre, si mi comadre te engañara y tuviera un hijo que no es tuyo, ¿qué le harías?
• La quemaba con leña verde y buscaba al sancho para darle en toda la madre.
¿Por qué me lo preguntas?
• Nada más de onda.
• Supe que mi comadrita se iba aliviar. ¿Qué fue?
• Luego te cuento, ahorita voy arreglar cuentas con mi vieja.
Ya medio borracho, salió muy decidido a ir a ver a su vieja a la clínica minera, para darle en la madre a su mujer y ahorcar al chavito. Cuando entró, la señora estaba dándole de mamar al niño. De un manotonazo, despertó a su vieja, que la chichi se le fue de lado. Cuando le iba apretar el gañote, la señora, para que se detuviera, le enseñó a un chavito negro, feo, que parecía chango.
El Capulina lo cargó, lo abrazó, lo besó. La señora le contó que una de las enfermeras lo había cambiado. Muy contentos, rieron y se dieron un beso. Al año siguiente empanzonó a su vieja, la llevó a la clínica, se paró en la puerta y no se movió hasta que le enseñaron a su hijo. No quiso volver a pasar un mal rato.