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viernes, febrero 20, 2026

Entre la apatía y el despertar…

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Pido la palabra 

El seguimiento que se haga a la educación de nuestros jóvenes se antoja urgente; de cualquier nivel, incluso del nivel profesional 

El día en que pensemos en las necesidades de los demás antes que en las nuestras, ese día cambiará la percepción del mundo.

Nuestra escala de valores se ha invertido, la generación por la que estamos atravesando está plagada de jóvenes que quieren una vida fácil, regalada; no se les ha inculcado la cultura del esfuerzo; y esa actitud, de la cual los adultos tenemos muchísimo de culpa, está convirtiéndolos en seres frágiles de carácter, manipulables; colocan a la trivialidad por encima de sus responsabilidades escolares; se están convirtiendo en estudiantes de la inteligencia artificial, en políticos de redes sociales, en intelectuales de ocasión; a esta generación se le está dificultando su crecimiento; la época los tiene encadenados a lo fácil.

Podríamos presumir que tantas ventajas con las que hoy cuentan los jóvenes, los tendría que convertir en una auténtica generación de éxito, proactivos, emprendedores, pero estos últimos, son sólo la excepción que confirma la regla; lo vemos a diario en cualquier lugar típico de reunión de los chavos, el imperio del conformismo, se sienten privilegiados al ver un “seis” de calificación, “panzar” es su verdadero triunfo; la mayoría “medio” estudia para una calificación, y pocos, muy pocos, para aprender.

Con el tiempo se dan cuenta de su situación, pero para muchos ya será tarde, de hecho, fue tarde desde que decidieron dejar de luchar; para otros (por desgracia, los menos), sus errores serán el acicate para levantarse y continuar lo que en su época de displicencia desdeñaron; lo irrecuperable siempre será el tiempo perdido.

El seguimiento que se haga a la educación de nuestros jóvenes se antoja urgente; de cualquier nivel, incluso del nivel profesional que es en donde mayor descuido ponemos, confiando en que nuestros hijos están siguiendo el buen ejemplo que jamás les dimos, aunque nosotros creamos lo contrario.

No pasa un día sin que nos enteremos por las noticias, de alguna tragedia en donde está involucrado un joven estudiante, quizá suicidios, tal vez un accidente de tránsito en donde el joven conductor iba ebrio, o con exceso de velocidad; desean sentir el momento ilusorio de escaparse de la realidad, esa realidad que al día siguiente los apabulla con más fuerza, pues el alcohol del día anterior no les resolvió ninguno de sus problemas, tal vez los agravó.

Su actitud es un grito silencioso, su conducta dice mucho sin que ello nos diga nada; pero al no ser escuchados por sus padres, por sus maestros, terminan por integrarse con sus pares, ellos sí conocen de sus problemas pues son idénticos a los que en sí mismos están experimentando.

Por eso, un “ya basta” para nosotros los adultos, pues los jóvenes son solo el reflejo de nuestra apatía, son como nosotros los hemos hecho; nos precisa más la televisión que la revisión de tareas; nos apura más el jolgorio que nuestra principal obligación de padres: la atención de los hijos; si no nos ponemos un “hasta aquí”, terminaremos lamentándonos en lo futuro de nuestro papel de vida que no supimos ejercer en el pasado.

Las palabras se las lleva el viento, pero mi pensamiento escrito está.

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