DES-prográmate y Ámate
Enero siempre llega con una promesa implícita: la idea de que algo en nosotros tendría que haber cambiado ya. A estas alturas, muchos ya hicimos un recuento rápido de nuestra vida, nos reprochamos lo que no logramos y prometimos cosas que aún no sabemos cómo sostener. Y, sin embargo, hay algo que rompe esa lógica: para otra cultura, el año ni siquiera ha empezado.
El Año Nuevo Chino ocurre en febrero, y más allá de lo cultural, nos confronta con una pregunta incómoda: ¿por qué estamos tan obsesionados con empezar en enero?
La respuesta no es mística, es costumbre. El calendario que usamos no nació para acompañar procesos emocionales, sino para organizar imperios, impuestos y productividad. Es un calendario administrativo, no emocional. Funciona para la logística, pero no necesariamente para el cuerpo ni para el alma. Porque el cuerpo no entiende de fechas. El cuerpo entiende de seguridad.
Aquí es donde muchas personas se frustran. No es que no cumplan sus propósitos por falta de voluntad, es que intentan empezar desde un sistema nervioso que aún no ha terminado de cerrar el ciclo anterior. Queremos una nueva versión de nosotros mismos, pero con las mismas heridas, los mismos miedos y las mismas respuestas automáticas. Y luego nos culpamos cuando no funciona.
Muchas personas no quieren empezar algo nuevo; en realidad, lo que quieren es dejar de sentir lo viejo.
Desde la psicología sabemos que los nuevos comienzos generan esperanza y sensación de control. Nos hacen creer que ahora sí será diferente. Pero hay una parte de nosotros que no responde a la motivación, sino a la memoria. Esa parte vive en el cuerpo, en las emociones no resueltas, en las experiencias que aún se sienten presentes, aunque hayan pasado. Y esa parte no se actualiza solo porque cambie el año.
Cerrar un ciclo no es borrar lo que pasó, es integrarlo, es poder recordar sin que el cuerpo reaccione como si siguiera ocurriendo, es permitir que la experiencia exista sin que siga definiendo tus decisiones actuales.
Por eso el Año Nuevo Chino puede entenderse como una metáfora poderosa. No como un portal mágico, sino como un recordatorio de que no todo inicio es inmediato. Hay procesos internos que no se aceleran sin costo. La vida no pide que empieces de cero. Pide que integres.
Tal vez no necesitas un nuevo comienzo, tal vez necesitas dejar de arrastrar lo que ya no te pertenece. A veces, lo más transformador no es agregar algo nuevo, sino soltar lo que tu cuerpo ha estado sosteniendo en silencio durante demasiado tiempo.
Y quizá la pregunta no es qué quieres lograr este año, sino qué ya no necesitas seguir cargando, porque cuando dejamos de forzarnos a sanar rápido, algo dentro se relaja, el cuerpo baja la guardia. La exigencia se suaviza. Y desde ese lugar, el cambio sí comienza, no desde la prisa, sino desde la integración.



