DES-prográmate y Ámate
Esta semana, el 24 de enero para ser exactos, se conmemora el Día Mundial de la Educación. Y aunque solemos pensar en escuelas, tareas, exámenes y títulos, pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué entendemos realmente por educación y, sobre todo, si esa educación que recibimos nos enseñó a vivir.
Porque sí, aprendimos a estudiar, a cumplir, a esforzarnos para “ser alguien en la vida”. Aprendimos a pensar, a analizar, a anticipar escenarios, pero muy poco se habló de cómo relacionarnos con lo que sentimos, de cómo escuchar al cuerpo o de qué hacer cuando el miedo aparece. Y no lo digo desde la crítica fácil, lo digo desde lo que observo todos los días en consulta.
Veo adultos altamente funcionales, responsables, incluso exitosos, que se sienten agotados, ansiosos o desconectados sin entender por qué.
Personas que saben planear el futuro, pero no saben habitar el presente, que pueden sostener exigencias externas, pero no respetar sus propios ritmos. Esto no es una falla personal, es, en muchos casos, el resultado de un sistema educativo que durante años priorizó el rendimiento por encima del bienestar.
Nos enseñaron frases bien intencionadas: “no pasa nada”, “no exageres”, “tú puedes”, “échale ganas”. Mensajes que buscaban animar, pero que muchas veces dejaron una huella silenciosa: sentir es incómodo, sentir estorba, hay que evitar sentir. Y así aprendimos a pensar para no sentir, a producir para no parar y a aguantar para no incomodar.
Por eso es importante decirlo con claridad: muchas de las cosas que llamamos problemas emocionales no son defectos de carácter, son vacíos educativos. Nadie nos enseñó que una emoción no es una amenaza, que el cuerpo también habla y que ignorarlo tiene consecuencias. Nadie nos enseñó que pensar todo el tiempo no es sinónimo de inteligencia, sino que a veces es una estrategia de supervivencia.
La educación emocional no es hablar bonito o pensar positivo, es aprender a reconocer lo que pasa dentro de uno sin entrar en pánico. Es entender que sentir tristeza, no equivale a estar deprimido, y que sentir ansiedad no significa que algo esté mal contigo. Significa, muchas veces, que tu sistema nervioso está intentando adaptarse con las herramientas que tiene.
Por eso, hablar del Día Mundial de la Educación, no es solo hablar de niños y escuelas, es hablar de nosotros, de los adultos que estamos reaprendiendo cosas básicas, como escucharnos, respetar nuestros ritmos o aceptar que no todo se resuelve pensando más.
Tal vez la educación más importante no es la que recibimos de pequeños, sino la que elegimos darnos ahora. Aprender a sentir sin asustarnos, a pedir ayuda sin culpa, a aceptar que no siempre podemos con todo. Eso también es educación, y muchas veces es la más urgente.
Así que hoy te pregunto… ¿qué cosas nadie te enseñó y hoy tu cuerpo, tus emociones o tus relaciones te están pidiendo aprender? Porque recuerda que nunca es tarde para reeducarte.



