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martes, marzo 3, 2026

Cuando firmamos con nuestro nombre, lo que escribimos

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LAGUNA DE VOCES

Sin duda los medios de información convencionales, o al menos los que tenemos como fundamentales quienes rebasamos los 60 años de edad, están condenados a extinguirse más temprano que tarde. No es un mensaje de pesimismo, y tampoco la oración de despedida por adelantado.

Pero así sucederá.

No ha pasado con los libros, pero cada día son menos los que leen, de tal modo que no habrá de perderse en la vorágine de la tecnología, sí en cambio en la del olvido. Con todo y lo que la lectura ha traído de bueno en la vida de cada uno de los que hoy mismo añoramos lo que antes representaba dar vida a la imaginación, debemos reconocer que somos presa de las películas y series por suscripción a través de Netflix y todas las plataformas que hoy existen.

Sin embargo, en el asunto de la información, el caso es diferente.

Existe una carrera salvaje por llevar a los celulares, las pantallas de tabletas, las computadoras de escritorio o portátiles, lo último de lo último, el video, la transmisión en vivo, la seguridad de que todos podemos ser testigos de cualquier suceso, estar metidos en medio de una balacera.

Día con día se multiplican los portales en la internet, en un proceso que democratiza el quehacer periodístico por los bajos costos que implica no imprimir, pero también ya observamos los riesgos de lo que puede acarrear una prisa que por momentos raya en el absurdo, y en últimas fechas, mentir sin recato alguno.

No me imagino el ejercicio periodístico sin un diario impreso, sin una rotativa que todas las madrugadas produce la magia de imprimir miles de ejemplares por hora. No me lo imagino, pero la realidad es ya superior a lo que se pueda inventar en la mente.

Pasa igual que con los que defienden a capa y espada que se conserven los vestigios de sus recuerdos, encarnados en bancas, quioscos, lámparas, jardines, casas, fachadas. No es impedir a toda costa se cambie una cosa por otra. Es impedir que se borren los recuerdos, los lugares donde se pudo ser feliz en algún momento.

Llegará por ello el momento en que alguien tendrá que cerrar con llave y para siempre la nave industrial donde reposa la vieja rotativa Goss, la maquina que con todo y ser el último grito de la moda, “directo a láminas”, correrá la misma suerte.

Al ser el mundo que conocimos, es deber rogar que pase la mayor cantidad de tiempo para que eso suceda, pero con la certeza de que sucederá.

El reto será hacer periodismo con la misma responsabilidad que implicaba firmar un texto e imprimirlo, es decir que con todo y lo efímera de la vida del papel periódico, la certeza de que estaría ahí, como testimonio de que dimos la cara por lo que pensábamos.

Por ahí tendrá que ir, porque no solo es asunto de incorporarnos a las nuevas tecnologías, sí en cambio de nutrir esta opción con la vocación del que ve por primera vez su nombre impreso y lo festeja, y de pronto descubre que lo impreso, impreso está.

Es decir que no puede simplemente bajar lo publicado con un “enter”. Es decir que hacer periodismo siempre será, al final de cuentas, lo mismo, sea en papel salido de una rotativa, o en una pantalla luminosa, y con lo anterior me refiero a la imperiosa necesidad de saber que un texto con nombre del autor, autor real y no inventado, siempre será la única garantía de que se camina por buen rumbo. Con todo y que hoy abunden los que se firman con el anonimato como base que insisten en llamar periodismo.

Pero no lo es, porque hacer periodismo es, ante todo, saber escribir, saber pensar, saber que no es un encuentro pugilístico, sino un encuentro de ideas para intentar atraer lo mejor del pensamiento y ser espacio para comprender, entender, y no unirnos a la turba que lincha al que decide no pensar como ellos.

Mil gracias, hasta mañana.

Autor

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