Espejos de la realidad
Mi mamá me contó que, en los últimos días de vida de mi abuelita, lo que pidió fue un caldo loco. Se le llama así porque reúne ingredientes que, en principio, no deberían juntarse: pollo, zanahoria, chayote y papa, pero también manzana, piña y, a veces, plátano macho. Es un caldo propio de la Huasteca y forma parte no sólo de una tradición culinaria, sino de una manera específica de habitar el mundo: aceptar la mezcla, trabajar con lo que se tiene.
En cierta forma, a quienes crecimos ahí se nos dio de comer la locura. Aprendimos temprano que la coherencia absoluta no existe y que la vida se sostiene más por la capacidad de hacer con lo que hay, con lo que alcanza, con lo que se comparte.
Pensar en otros mundos suele llevarnos, casi sin darnos cuenta, a imaginar futuros. Algo que vendrá después. Algo que todavía no existe. Pero hay formas de pensar lo posible que no pasan por ahí. No se proyectan hacia adelante, sino que operan en el presente, en un ir y venir constante entre lo que está ocurriendo y lo que podría ser de otro modo, aunque no sepamos bien cómo nombrarlo.
¿Qué sucede cuando se cocina, cuando se cuida, cuando se relata? ¿Qué pequeños mundos construimos con lxs otrxs? Los gestos cotidianos producen efectos que rara vez reconocemos como maneras de habitar y construir al mundo. Se trata de acciones que sostienen la vida. Lo mismo ocurre cuando una comunidad se organiza para resolver aquello que no ha sido resuelto por nadie más: el trabajo, el acceso a la cultura, los espacios de encuentro, las condiciones para vivir con dignidad. No parten de un modelo ideal ni de una planificación exhaustiva. Surgen, más bien, de la urgencia y de la necesidad compartida. Son procesos, muchas veces precarios, que requieren un esfuerzo continuo para mantenerse. Pero en ese esfuerzo se construye algo más que infraestructura o políticas, se produce un sentido de pertenencia y una manera común de ser.
Quizá haya algo que aprender de esta forma de entender la construcción de un mundo mejor. Verla como una tarea cotidiana, autogestiva y colectiva. Un trabajo que responde a la precariedad de las circunstancias, pero que no se limita a resistirlas. Un futuro que no espera a llegar, porque empieza a hacerse desde ahora.



