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LAGUNA DE VOCES
Los primeros en pisar el planeta se convencieron de que no podrían sobrevivir más de un a o si aplazaban la decisi gica de acabar con todos sus habitantes. Aceptar la compasi n hacia quienes buscaron en todo momento terminar con ellos sin escucharlos cuando menos, hubiera sido un suicidio absurdo, y sobre todo la condena definitiva de su civilización, más adelantada en todo, excepto en la voluntad para detener la destrucción de los recursos naturales.
Con una rapidez inusitada se dieron cuenta que despu s de una cantidad enorme de plagas, los humanos tenían un instinto nico para sobrevivir a costa de los demás y una obsesi n que rayaba en la locura por el poder. Resultaba absurdo que en los momentos más cr ticos de la ltima enfermedad que fue diseminada en la Tierra, todavía existieran los que luchaban a muerte por ser los grandes hombres poderosos que gobernaban un pa s sumido en la pobreza y la muerte por los virus. Era inconcebible que algo así pudiera existir en el universo, y por eso los despreciaban a s.
Las enfermedades implantadas en el planeta azul tardaban demasiado en lograr el exterminio total y definitiva de una raza que de humaña tenía poco, pero que nunca dudaba en hacer lo que fuera necesario para seguir en su tarea de infectar y acabar con uno de los lugares más hermosos de la galaxia del camino de la leche.
Necesitaban conservar los mares, los continentes, las islas, el cielo de nubes y agua. S , los pronunciamientos a favor de arrasar con todo en una acci pida y relampagueante empezaron a crecer cuando rebasado el a o eran más seres vivos que los muertos. Algo no funcionaba y el hecho fundamental es que su civilización, la de los llegados del universo infinito, hicieron sonar las alarmas porque el tiempo se les agotaba.
Sin embargo, los terr colasíno se daban por vencidos: inventaban vacunas al por mayor, enfrentaban con una singular valent a las mutaciones que ellos mismos provocaban en los virus, un an esfuerzos con enemigos que a lo largo de toda su historia hab an clamado que primero muertos a brindarles ayuda.
No entrometerse de manera abierta en un planeta que reun a todas las cualidades para salvar a su civilización, se convirti en la peor maldición para los que estaban seguros ser a una tarea f cil y sencilla apoderarse de la Tierra. A punto estuvieron de ordenar una invasi n a plena luz del día, sin ocultarse, pero desistieron de ese mecanismo que por acuerdo universal fue desechado en el principio de los tiempos.
Finalmente se alejaron una noche del 2024 para emprender la creación de una nueva civilización con los pocos que hab an quedado de la suya. No maldijeron al planeta azul, tampoco clamaron futuras venganzas. Simplemente se fueron.
Tendr an que pasar cientos de a os para descubrir que el virus no result ser letal para toda la humanidad terr cola, y que la mayor parte de la misma hab a sobrevivido.
La peor plaga fue la de siempre, es decir la de los ambiciosos que causaron una mortandad que nunca podr seRíolvidada.
Ese era el problema fundamental de tan bello planeta, porque sus moradores eran capaces de los actos más heroicos y nicos, pero tambi n de todo lo contrario cuando se cansaban de que todo marchara bien despu s de salvar su existencia. tenían que cometer barbaridades para convencerse que eran merecedores a lo bueno que deja la solidaridad, la compasi n real y no fingida, el desprendimiento por un semejante, la bondad y el amor.
Cuando eso sucedía ven a el esplendor de varios siglos.
Pero despu s volv an a lo mismo, a morirse nada más porque el aburrimiento era peoRíopción, y locos obsesionados por el poder siempre tra an un poco de diversi n en ese mar infinito del universo donde eran nada, simplemente nada.
Mil gracias, hasta ma ana.
jeperalta@plazajuarez.mx
@JavierEPeralta
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