Allá donde concluyen las historias 

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PEDAZOS DE VIDA

Como si el tiempo nos perteneciera, no sé en qué momento empezamos a hablar, si le podemos llamar a esto “hablar”, recuerdo aquella tarde en que la lluvia nos sorprendió sin paraguas y decidimos no correr. Quizá odiabas mojarte el cabello que olía como a frutas, una mezcla de melón, mango y sandía, aunque realmente nunca supe distinguirlo bien. Te quedaste bajo el agua, me abrazaste, luego me diste un beso y ahí comenzamos a aprender el idioma secreto de las tormentas. 

Te escribo porque hay cosas que no supe decir cuando estabas frente a mí. El trabajo, el cansancio, la prudencia. Qué palabra tan cobarde, ¡prudencia! Como si el corazón necesitara permiso para algo, tiempo que no supe darme y lo peor de todo, que no supe compartir contigo. 

Recuerdo el lunar pequeño cerca de tu clavícula, ese que yo fingía no mirar mientras hablábamos de viajes que nunca hicimos. Íbamos a ir al mar, ¿recuerdas? Cuando te dije que no me gustaba la idea, me abrazaste y me dijiste que mientras uno entra al agua el otro permanece en la arena, que por eso podríamos estar, por ser tierra y agua nuestros elementos. 

A veces pienso que nuestra historia fue apenas un borrador. Como debería decir alguna canción grupera “un prólogo sin novela”. Nos quedamos en las promesas. Mejor dicho, me quedé en la línea que convierte el afecto en incendio.

Yo quería decirte que me gustaba la forma en que sostenías el silencio. Que contigo el silencio no pesaba, respiraba. Quería decirte que me estaba acostumbrando a tu voz en mis mañanas, a la costumbre peligrosa de imaginarte en mi cocina, descalza, criticando mi manera de hacer café.

Te fuiste antes de que pudiera aprender a pronunciar tu nombre con certeza de un amor que por maldito tibio nunca me atreví a confesar. Te hablo de la lluvia, del mar pendiente, del infinito que ya no compartiremos. Te hablo para que el viento no crea que ganó el silencio, escribí estas palabras porque no supe pronunciarlas, con el anhelo de que exista un lugar en que se concluyan las historias que aquí no pudieron terminar.

El cielo se cubrió con nubes de tristeza, colocó el papel en un espacio junto a la lápida blanca en el panteón casi vacío. El sonido del viento entre las frondas de los árboles y el leve crujido de la grava bajo sus zapatos acompañan su confesión, rompen el silencio, compasivos por aquel miserable hombre cuyo corazón parece haber quedado sepultado bajo el mármol que tiene escrito el nombre de la mujer a la que nunca le habló.

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