Autocuidado sin reglas: ni todo vale, ni todo sirve

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Cada 24 de julio se celebra el Día Internacional del Autocuidado y curiosamente, ese mismo día también celebro un año más de vida. Y mientras me acerco a mis 36 años me descubrí pensando que crecer no consiste en tener todas las respuestas, sino en aprender a escucharse con un poco más de honestidad.

Durante mucho tiempo imaginé que ser adulta significaría tener todo bajo control. Hoy sé que, en realidad, significa elegir con cuidado dónde poner la energía, ya no tomo decisiones solo por compromiso; también pienso en cómo quiero sentirme mañana. Y eso, aunque parezca sencillo, ha cambiado muchas cosas.

Una de las primeras lecciones fue entender que el cuerpo no es una máquina infinita. A partir de cierta edad comenzamos a perder masa muscular y densidad ósea si no hacemos algo para conservarlas. Nunca fui amante del gimnasio, así que busqué una forma de moverme que me hiciera feliz. La encontré en la danza aérea. Colgarme de una tela, sostener mi propio peso y sentir que juego mientras fortalezco mi cuerpo me recordó que el autocuidado funciona mejor cuando deja de sentirse como un castigo.

También aprendí a respetar el descanso. Antes podía dormir poco y continuar como si nada; ahora mi cuerpo me recuerda rápidamente que el sueño no es negociable. Dormir bien influye en la memoria, el metabolismo, la regulación emocional e incluso en la forma en que pensamos. Descansar no es un lujo ni un premio: es una necesidad.

Confieso otra cosa, nunca he sido la persona que disfruta una rutina interminable de cremas y tratamientos. Uso protector solar porque la evidencia lo respalda, pero fuera de eso prefiero invertir mi tiempo en escribir, estar con mi perro o simplemente no hacer nada. Descubrí que cuidarse también significa dejar de cumplir expectativas ajenas sobre cómo «debería» verse el autocuidado.

Pero las transformaciones más importantes no ocurrieron en mi cuerpo, sino en mi manera de relacionarme conmigo y con los demás.

Aprendí a tolerar la decepción, las personas no siempre actuarán como esperamos, algunos planes se caerán y habrá cosas que nunca podremos controlar. Resistirse a esa realidad solo desgasta. Aceptarla, en cambio, abre espacio para vivir con mucha más tranquilidad.

También aprendí que poner límites no es egoísmo, sino respeto propio. Decir «no» a lo que drena, cancelar un plan cuando necesito descansar o elegir una tarde tranquila en casa dejó de hacerme sentir culpable. No todo merece nuestra energía.

Y quizá la enseñanza que más me ha costado integrar es que hay días en los que hacer lo mínimo indispensable también cuenta. Vivimos rodeados de mensajes que glorifican la productividad, como si nuestro valor dependiera de cuánto logramos en una jornada. Sin embargo, hay momentos en los que dar el 30% ya es un enorme esfuerzo. Reconocerlo también es cuidarse.

Con los años fui coleccionando pequeñas cosas que alimentan mi bienestar. La danza aérea, colorear mandalas sin preocuparme por hacerlo perfecto, escribir hasta ordenar el ruido de mi cabeza, acostarme junto a Luca, mi perro de 13 años, y simplemente acompañarlo mientras duerme. Son microalegrías que no buscan impresionar a nadie; solo recordarme que la vida también ocurre en los momentos más simples.

Hoy entiendo que el autocuidado no es una lista interminable de hábitos perfectos. Es aprender a tratarte con la misma compasión con la que tratarías a alguien que amas. Es dejar de hablarte con dureza, respetar tus límites y construir una vida que también tenga espacio para el descanso, el juego y la imperfección.

Ese, al menos para mí, ha sido el mejor regalo de cumpleaños: descubrir que cuidarme no significa hacerlo todo bien, sino hacerlo de una manera que tenga sentido para mí.

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