Besitos mañaneros

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RELATOS DE VIDA

Había permanecido quieto por un largo tiempo, raro en él, se le veía recostado en el sillón y en ratos abría un ojo para percatarse de lo que sucedía alrededor, para después volver a cerrarlo.

Previamente había cenado un huevo duro y tomó abundante agua, como es costumbre, pero una vez arriba del mueble acolchonado, no hubo poder que lo levantara pese a que fue llamado en innumerables ocasiones.

Después de media hora, las luces de la casa fueron apagadas, él roncaba, se le oía que descansaba, aunque su estómago emitía gruñidos constantes, y después un olor fétido se percibió, el origen era la sala.

Varias horas transcurrieron con instantes de aromas poco agradables, hasta que se oyeron pequeñas garritas caminar hacia la puerta que conduce al jardín trasero y después el sonido del esfuerzo por sacar del organismo algo que no debe permanecer.

Posterior a vomitar, se escuchó que regresó a su lugar de descanso, pero de manera casi inmediata volvió donde estaba la huella del delito para regresar la masa expuesta a donde estaba originalmente, una vez concluido el acto, tomó bastante agua y volvió a su sillón.

Por la mañana, fue a despertar a su cuidador con unos besos de lengua por la cara, y se quedó sentado a un lado de la cama a esperar que se levantara, cuando por fin lo hizo se le quedó viendo fijamente con ojos tiernos y movió la colita frenéticamente.

El dueño reconoció la cara, sabía que algo había hecho —¿Y ahora qué hiciste?—  e inició el camino para recorrer la casa y encontrar la travesura que había realizado el pequeño animalito.

Al llegar a la puerta que conduce al patio trasero, vio una pequeña mancha, de esas que se forman cuando se escurre un poco de agua y no es retirada con algún trapo o jerga seca.

Volteó a ver al perrito que se encontraba sentado observando la huella del delito que no limpió bien y cuando el sospechoso dirigió la mirada hacia él, observó que tenía algo de vómito en el pelaje.

Fue ahí cuando recordó que su cara había sido humedecida con la lengua de la mascota y corrió al baño a lavarse la cara y los dientes, no sin antes gritarle —¡Eres un perro cochino!—.

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