La muerte

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PEDAZOS DE VIDA

—Anoche soñé que estabas con esa vieja. Pero que venía su wey, ese cabrón que no la dejó tenerte como novio. Además, traía a los hijos de ella; uno en brazos y otro de la manita. Ni conozco a las criaturas, pero parecían angelitos; eso sí, de Santa María Tonantzintla, tampoco vayas a creer que se veían güeros de ojo azul.

—No mames, cabrón. Te tengo que contar que ando en líos de casadas para que medio me peles y apenas te cuento y ya andas soñando con estas cosas. Bueno, me vas a decir que vinieron para aceptar que fuera mi novia o qué…

—No me chingues, cabrón. Hasta crees que yo podría soñar una mamada así.

—Pues haz de cuenta que estaban echados, desnudos tú y la chava esta, que los cachaban encuerados, no mames, ¡qué pinche escena! Lo que no alcanzo a entender es qué chingados estaba haciendo yo ahí, porque era como un parque, pero ustedes estaban como en una cama.

—A la verga, que pinche sueño…

—Y entonces, ese wey cara de minipug, pero con cuerpo de bulldog, así medio mamado, me decía “sostenme al niño” y pues ni modo we, yo lo agarraba.

—¿Y qué pasaba?

—No pues tú en putiza te levantabas, te ponías un pinche bóxer bien balaceado, we. Y dabas la espalda para que no te viéramos el pujuy, pero en cambio veíamos tu pinche culo peludo we, qué pinche asco.

—¡Ah, no mames! ¿Pues cuándo me has visto el culo? ¡Cabrón!

—Yo no we, pero así soñé. Qué quieres que yo haga. Además, el cerebro, durante el sueño, mezcla ficción con realidad, ¡cálmate! No creas que esto fue real. Pero si así está el caminito, cómo estará el pueblecito.

—¡Estás cabrón eh! Pero ya dime, qué chingados pasó, en qué terminó este desmadre.

—Pues ya que te habías puesto el bóxer, te incorporabas, pero ese wey te agarraba desprevenido y te soltaba un putazo que te tumbaba al pasto, porque ya no estabas en una cama, estabas como en un ring, pero con césped we, como si estuvieras peleando en una cancha de fútbol. Y luego te daba otro, bien puesto, macizo. Hasta yo sentía el chingadazo. Milagro que no me desperté ahí.

De pronto te decía: «¡Órale pendejo! Defiéndete carnal, tú eres boxeador, pinche cabeza de estropajo cara de chango…».

—No te mames cabrón. Cómo que cabeza de estropajo, cara de chango. No seas culero.

—Bueno, eso no dije, pero me acuerdo del sueño y me da coraje wey, mucho, me emperro… me hierve la sangre. Pero entonces, te acordabas de que sabías pelear y le comenzabas a pegar, y le dabas un gancho al hígado y un madrazo en la cara.

Te gritaba que le pusieras una patada, y tú decías que eso no estaba permitido en el reglamento. No mames, me daba un chingo de coraje, ya hasta me quería meter, pero estaba cargando al nene y tenía a su hermanita agarrada de la manita toda pegajosa porque se estaba tragando una paleta de esas de colores, de feria, de las grandes.

—Di que de las que sacaba la Chilindrina.

—Andas, de esas paletotas. De pronto no sé de dónde sacabas una máscara, como de luchador y se la aventabas. Agarrabas una silla y se la reventabas al pinche minipug en el lomo, y todavía te gritábamos, así un chingo de gente: ¡Lucha extrema! ¡Lucha extrema!

Y ya we, te levantabas con tus calzones agujereados, y te ibas contra mí. No te pases, me dijiste traidor, culero, que había sido cómplice y que la chingada. Y como estabas bien salsa, te soltaba una cachetada y te decía que no te pasaras de verga, que estaba cargando al niño.

Estabas emputado, pero como que agarraste razón, porque me dijiste: «¡Dame al niño!» y seguías diciendo que lo había agarrado para que el mamón ese te verguiara.

—Jajaja no mames, te pasas. Pero entonces, ¿sí me quedaba con ella?

—No. ¡Qué te vas a quedar! Ya me habías hecho encabronar. Te contestaba: «Ahí están los chamacos, ni son tus hijos. ¡Culero!» Y sácatelas, que te dabas la vuelta y ahí venías decidido a ponerme en la madre.

—¿No chingues carnal, a poco sí nos poníamos en la madre?

—No digas pendejadas. Yo valoro mucho tu amistad, tendrás pinche cabeza de estropajo nuevo, estarás medio pendejo, te meterás con mujeres casadas, pero eres mi carnal, mi real, mi hermano. Yo no soy culero, preferí despertarme antes que ponerte en tu madre en el sueño.

—Jajaja, para de mamar. Ya cuéntame, en qué terminó todo.

—En eso acabó… bueno, ahora que me acuerdo, te volteabas y el otro hombre venía atrás de ti, traía una pistola y te gritaba «¡Serás muy pinche boxeador, pero el plomo sí te entra!» y te disparaba y pues ya we, cuando corría para verte estabas encajonado, con cuatro cirios de los grandes y un chingo de coronas, pero no chelas. Coronas de flores blancas con mensajes que decían algo así como «Por meterse con casadas», o no sé we, la verdad es que estaba medio borroso y ya ves que yo duermo sin lentes entonces no alcancé a leer bien.

—Ya, ya, ya… no mames. No digas pendejadas.

—Pues tú, para qué preguntas, si ya habíamos quedado bien. No creas que estoy contento por soñar estas pendejadas. Qué pinche necesidad de ver cómo te parten el hocico y luego tú se lo partes al minipug.

—Jajaja, sabes una cosa. Lo más cagado es que ese wey, el marido de la Chuy, sí tiene cara de perro hambreado. Pero la neta, pues ya lo pensé bien. Como dices, qué pinche necesidad de andar en estos pedos. Discúlpame carnal, por mi culpa ya hasta soñaste bien culero.

—Ya qué. Son cosas que pasan y ni cómo evitarlas. Bueno sí, deja de ser pendejo y jugarle al vivo, no te vayan a plomear o por lo menos una fileteada que te vayan a poner por andar de riata fácil.

—No voy a hacerme la víctima ni a echarle culpa a esa vieja, los dos sabíamos lo que hacíamos y pues ni pedo, ya fue. No me quedan ganas de verla otra vez. Lo que sí es que no manches, tiene labia la morra, eso que ni qué.

—Bueno, qué tranza, ¿vamos por unas memelas, banderitas con papitas o qué? Con tanto desmadre ya me dio hambre.

—Jalo, nada más hay que pasar al cajero porque no traigo efectivo y doña Pelos no acepta transferencias. Yo invito los chescos…

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