Pido la palabra
La mediocridad nos invade; entramos a una zona de confort en donde la creatividad se ha adormecido; el avanzar es un concepto que ha invertido su definición; creemos avanzar cuando descansamos después de que la IA prácticamente nos hizo la tarea; pensamos que avanzamos cuando hacemos gala de las influencias o arribismos políticos que nos llevaron a ocupar algún cargo que ahora detentamos pero que en los hechos no sabemos ejercer.
Para nuestra suerte otros nos allanaron el camino que ahora disfrutamos en nuestro aparente avance, es decir, unos corretearon la liebre y otros la alcanzaron sin corretearla; la mediocridad nos lleva a improvisar y eso nos hace creer que avanzamos, cuando en realidad estamos retrocediendo.
El mundo no se cambia con promesas y buenos deseos; nuestro particular mundo no se cambia con palabras que no se fundamenten en hechos; la empresa que nos pongamos a cuestas no mejorará jamás si nos pasamos el tiempo improvisando o rodeándonos de amigos de ocasión, estos últimos, escondiendo su mediocridad con abrazo y beso en la mejilla para dejarnos claro que “somos sus amigos”.
Lo peor es cuando al mediocre le entra el celo y piensa que aquél que trata de ayudarlo, lo hace solo para exhibirlo; se siente tan pequeño y abrumado por los problemas que va de error en error; su desconfianza le impide reconocer al verdadero amigo y por eso opta por el camino espinoso de la improvisación, “primero muerto antes de evidenciar su ignorancia”; un poco de ayuda les vendría bien, pero su orgullo ciega la humildad, tan necesaria para el trabajo en equipo.
La improvisación es la mejor manera de llevar al fracaso el trabajo de muchos años; la improvisación ha logrado que decisiones políticas causen más daño que beneficio, la improvisación ha propiciado que empresas alguna vez exitosas hayan ido a la quiebra, y solo por el mal tino de poner a un improvisado al frente de la administración; por virtud de la improvisación nuestro avance intercultural se ha ido a la baja.
Vivimos entre la improvisación y la mediocridad, y esta crece como la gran epidemia del siglo; ponerle un remedio antes que los mediocres e improvisados nos contagien, ¿o acaso ya lo estaremos y nuestra mediocridad nos impide reconocerlo?
No lo sé, tan solo sé que en este momento estoy improvisando la mejor manera de no pensar en el mañana, en ese mañana en donde la mediocridad pondrá a prueba mi tolerancia a la frustración.
Las palabras se las lleva el viento, pero mi pensamiento escrito está.


