TLAMATINI
“Desterrado de la vida pública”
Caminar es, en mi origen, una herencia primera: un hábito ciego que se me impuso en la infancia como disciplina compartida por mi abuela materna, un mandato de la carne para preservarse frente a la atrofia del reposo. Lo que nació como un imperativo físico o una humilde economía estudiantil —renunciar al transporte para conquistar, con el sudor de la marcha, el pan de la tarde— devino pronto en un acto de resistencia y revelación contemplativa. Aún habito el recuerdo de mi andar desde la central hasta San Francisco: ascender la Cuesta de Hueso, cruzar el umbral de la Preparatoria 1 y dejarme llevar por el caudal de la Avenida Revolución. Durante años, ese itinerario no fue solo mi camino, sino mi espejo y mi destino.
En la llanura del asfalto me he descubierto testigo involuntario de las asimetrías del poder. Desde mi desnudez ciudadana, he visto desfilar la tramoya de la vida pública desde la periferia. Mirar a lo lejos la silueta de un ex gobernante guarecido en la penumbra blindada de su camioneta, o registrar el instante suspendido de otro, detenido por el azar de un semáforo, es constatar la distancia infranqueable entre el suelo que piso y las esferas del orden. A veces, el tejido de la indiferencia se rasga: un ademán equívoco, una concesión de paso que se siente como un milagro de cortesía, subrayan nuestra tragedia. Que la prioridad de un cuerpo que cruza la calle se reciba como un destello de humanidad delata que la calle es, por definición, el territorio de nuestra desposesión.
Hoy, mi condición de peatón en la urbe es la de una perpetua hostilidad. La calle ha dejado de ser el espacio del encuentro para trocarse en un campo de batalla donde el motor y la prisa ejercen una soberanía violenta. Cruzar la calzada es un simulacro de la muerte, una ruleta donde taxistas y conductores de combis operan como agentes de un caos implacable. El semáforo, ese tótem inútil de la civilidad, es ignorado por la urgencia ciega que me despoja de mi derecho a la intemperie. Me siento como un pequeño animal expuesto a fieras descontroladas; en estas tierras, el peligro es doble: no basta con cuidar los pasos frente a las sombras del maleante, es imperativo defender la vida ante el desprecio del conductor.
En esta época de lluvias, la violencia se hace líquida. Esquivar los charcos y las estelas de agua que arrojan los autos es confrontar una herida mayor: la del ser invisible. Esa agua sucia que me salpica no es solo lluvia, es el escupitajo de una comunidad que ignora mi presencia. Como sugiere Byung-Chul Han, la obligación de la prisa nos vacía de sentido al destruir nuestra capacidad de contemplación. El conductor, con la mirada fija en la nada, no contempla al otro; su ruta es un ruido que anula toda posibilidad de frenar, transformando el asfalto mojado en un escenario de impactos.
¿Pachuca no está hecha para caminar con seguridad?
La infraestructura es una trampa sistémica: aunque la luz peatonal indique el paso, el giro vehicular se activa como una amenaza latente. La ciudad me ha institucionalizado el miedo en cada esquina. Ya no siento coraje, solo un desánimo profundo ante la certeza de que no se me conceden ni cinco segundos de paz para cruzar una calle sin sentirme, una vez más, desterrado de la vida pública.


