Un mundo para digerir lo mil veces digerido

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RETRATOS HABLADOS

Basta hacer una revisión en los datos que ofrece NewsGuard Technologies, para descubrir una realidad no solo preocupante, sino alarmante: los principales chatbots replican desinformación entre un 28 por ciento y un 33 por ciento de las veces al abordar temas coyunturales. Esta estadística cobra un peso destructivo cuando se cruza con el nacimiento de portales automatizados que simulan ser medios legítimos. Son sitios fantasmas creados con el único propósito de capturar la atención humana a través de la mentira empaquetada.

A la par, los mecanismos encargados de fiscalizar la veracidad del debate público sufren una asfixia financiera terminal. El tráfico orgánico desde buscadores hacia los medios tradicionales cayó un 33 por ciento globalmente, tras la adopción de resúmenes con IA. Este cambio en los hábitos de consumo ha desamparado a los equipos periodísticos que invertían recursos en contrastar fuentes. La consecuencia directa de este colapso es el hundimiento de la confianza en las noticias, situada hoy en un mínimo del 37 por ciento.

Este panorama no es un accidente imprevisto, sino la materialización de advertencias que la literatura adelantó hace décadas. El escritor de ciencia ficción Ray Bradbury anticipó en Fahrenheit 451 una sociedad que elegiría voluntariamente el resumen del resumen. «Los clásicos cortados para caber en un análisis de quince minutos; luego cortados otra vez para un espacio de dos minutos», escribía. El autor comprendió que el ser humano del futuro preferiría la píldora predigerida antes que el esfuerzo de la lectura.

En el plano de la comunicación, el politólogo Giovanni Sartori acuñó un concepto clave para entender este fenómeno: el «homo videns». Sartori advirtió que la primacía de la imagen multimedia sobre la cultura escrita anularía la capacidad de abstracción lógica. Al sustituir el análisis riguroso por la percepción visual inmediata, el ciudadano se vuelve incapaz de distinguir entre verdad y falsedad atractiva. El imperio digital destruye el hábito de la lectura profunda, transformando la deliberación en emociones instantáneas.

Por su parte, el filósofo Byung-Chul Han describe este estado de alienación colectiva mediante su teoría sobre la «infocracia». Han argumenta que la sobreinformación no produce mayor libertad de criterio, sino un ruido ensordecedor que fragmenta la verdad. El filósofo advierte que el consumo masivo de contenidos ultracortos desactiva el pensamiento reflexivo, el cual requiere de tiempo y silencio. Nos enfrentamos a un régimen de estímulos diseñado para que el usuario consuma datos sin cuestionar jamás su validez.

Isaac Asimov también vislumbró este retroceso intelectual al señalar con preocupación el desprecio hacia el conocimiento especializado. Asimov denunciaba el auge de una falsa noción de democracia donde la ignorancia del desinformado vale igual que el saber del experto. En las redes sociales, esa profecía se cumple cuando un titular inventado compite con una investigación periodística seria. El sesgo de confirmación digital hace que el consumidor acepte la mentira si esta se alinea con sus propios prejuicios.

Ante este panorama pareciera que la única opción es resignarnos al consumo cotidiano de mentiras, de sitios anónimos o con nombres extravagantes, donde se nutre el encono, la calumnia y, sobre todo la manipulación del ciudadano con claros fines políticos.

 Mientras el 62 por ciento del público expresa una honda preocupación por las fake news, la solución no puede delegarse en el algoritmo creador de la crisis. Revertir esta inercia exige recuperar el valor ético del tiempo, la lectura profunda y la resistencia ante lo digerido.

No es un asunto mínimo, estamos en la antesala de una transformación irreversible, de personas que consideraban la lectura profunda como remedio a la desinformación, para dar paso a una tribu fanática del escándalo, de la supuesta denuncia como base para la ofensa, la denigración del prójimo y la consolidación de la ignorancia como eje de toda la vida.

Mil gracias, hasta mañana.

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