Arte para volar y olvidar

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LAGUNA DE VOCES

Decidió aceptar que esta realidad, esta vida, era todo lo que tenía en las manos para intentar comprender lo que simplemente resultaba un absurdo de principio a fin, igual o peor que el ejercicio del poder, ese que tantas desgracias ha provocado en la delgadísima línea del tiempo en que le tocó vivir. Descubrió que ya no tenía prisa por huir, esconderse o dejar de respirar. Comprobó pues que esas manías son de una edad en que la tragedia es la mejor justificación para huirle a la vida.

Entonces, sin prisas de ningún tipo, y solo con la certeza de que, en alguna parte del universo, o cuando menos lo que veía a través del cielo, existiría alguna respuesta, aunque mínima a tantas preguntas, alzó los brazos y empezó a volar.

Siempre había dicho que esta capacidad existía en todos, como el personaje de Auster, y recordó que, desde niño, en la cancha donde jugaba fut, empezó a practicar ese arte de surcar los cielos, dar vueltas atrás de unas nubes, y caer lentamente en el pasto maltrecho del lugar donde también soñaba con ser un jugador de primera división.

Ahora, con eso de la edad, sabía que era diferente, y si esa cualidad le había sido concedida, era porque seguramente incluía el pase gratuito al más allá, al otro mundo, o como cada quien desee nombrarlo.

Así que se dio todo el tiempo para mirar el paisaje de la ciudad donde había vivido los últimos 40 años. No, no era tan fea como muchos hojaldras afirmaban en sus decires, algunos incluso en sus escritos. Más bien era un lugar sin pretensiones, pero con mucha alma de misterios, que se veían solo cuando uno podía volar no en avioneta, o helicóptero, sino solo, sin nada de apoyo suplementario. Solo, con el puro sentido de la memoria.

De tal modo que ya no regresaría, y eso le dio todas las explicaciones que había buscado a lo largo de tantos, tantísimos años: el remedio era volar y no volver a tocar tierra. Remedio para el olvido, para el recuerdo, para la angustia, para la incapacidad de comprender algo simple: todos habíamos nacido poseedores del arte de volar. Casi todo lo habíamos olvidado, y por eso la condena a la tristeza, el desengaño, la maldita nostalgia de lo que recordábamos como algo cierto, pero que no lo era.

Mil gracias, hasta mañana.

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