El sueño único y constante de seremos campeones

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RETRATOS HABLADOS

No hay nada como una victoria en el fútbol, aunque sea contra un equipo como Sudáfrica. Es la Copa del Mundo. Sabemos de todo lo que se maneja atrás de los escenarios, y con ello me refiero a un suculento negocio que hace más millonarios a los que ya lo son. Pero es un triunfo, ese que desatará de nuevo las ilusiones y muy probablemente nos deje desolados en el mismo lugar y con la misma gente con la frase de consuelo de siempre, “ya será para otra”.

Como la vida misma siempre es necesario volver a mirar la existencia con ilusiones, con todo y que la constante es que es iluso el que las tiene, luego que la cruda realidad lo ha aporreado una y cien veces. Pero sin esa posibilidad de soñar, imagínese los cadáveres ambulantes y miserables que hoy seríamos.

El fútbol nos define en países como el nuestro y América Latina, aunque sucede en casi todo el mundo, porque es ilusión de todo: de niños, cuando pasamos tardes enteras pateando una pelota gastada en el pavimento, soñando con llegar a ser un portero legendario que vuela hacia el ángulo para salvar el honor de la patria; de grandes, porque la memoria nos regresa a esas épocas de inocencia pura, o porque un hijo con algo de talento nos lleva a pensar que tal vez el sueño se cumpla en sus botines. Sí, es una realidad para pocos, pero finalmente así es la vida, una pasarela de anhelos truncados donde la mayoría nos quedamos al margen de la gloria.

Sin embargo, la importancia del fútbol en la historia va mucho más allá de la nostalgia personal o de las fronteras de nuestro continente; se ha incrustado de manera definitiva en el corazón mismo de la historia universal. Cómo olvidar, por ejemplo, aquella mítica Tregua de Navidad en 1914, en plena Primera Guerra Mundial, cuando en el frente occidental se paró una batalla encarnizada y sangrienta para jugar una cascarita entre soldados alemanes y británicos. 

Las armas callaron por completo, el frío barro de las trincheras se transformó en una cancha improvisada y el odio profundo se disolvió por un instante gracias a un simple balón de trapo. Ese milagro espontáneo demuestra que este juego no es solo un método de ocio masivo, sino un lenguaje humano universal capaz de detener la muerte.

Por eso, no hay fórmulas infalibles para estar en medio de un campeonato mundial en tu propio país y asimilar la contradicción absoluta de ser testigo de manifestaciones multitudinarias de maestros de ultra izquierda, que buscan acabar con este espectáculo clamando con justa indignación que no es más que “pan y circo para el pueblo”, una vulgar anestesia social diseñada para desviar la mirada de las carencias del sistema. Sus consignas políticas y sus gritos de protesta resuenan en las avenidas principales mientras el estadio ruge con euforia a unas cuantas calles de distancia. Es una paradoja brutal: la cruda protesta ideológica chocando de frente contra la pasión más primitiva, irracional e incorregible del ser humano.

Pero en medio de esa tormenta política, económica y social, cuando el silbatazo inicial retumba en el aire, el cinismo se apaga por completo. Vieran qué descanso ser simplemente espectador, ignorar por noventa minutos las verdades incómodas del mundo exterior y dejarse arrastrar por la bendita locura de la tribuna, celebrando la belleza de una jugada colectiva como si en ella se nos fuera la vida entera. Al final, el juego nos ofrece ese breve y necesario espacio de tregua con nuestra propia existencia, un refugio donde las penas cotidianas se suspenden. Podrá ser un negocio desalmado o el opio de las masas, pero cuando la pelota rueda, volvemos a ser aquellos niños que creían en milagros de último minuto.

Mil gracias, hasta el próximo lunes.

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