PEDAZOS DE VIDA
Para que haya luz debe haber oscuridad, no se puede buscar lo que no se ha perdido y no se puede perder lo que nunca se ha tenido. ¿Cómo buscas lo que no has tenido si nunca lo has perdido?
Ella se llamaba Juana, es todo lo que pude saber. Cuando llegué al bar, ella estaba con su amiga en la barra, era imposible no verla. Morena y bella. No quiero hablar de su cuerpo porque no es propio hacerlo, pero para que no imaginen que lo mío fue lujuria pura, no era demasiado delgada. La vi porque tenía que verla y hubiera pasado desapercibida si yo no hubiera fijado mi vista en el espejo que tenía a espaldas el cantinero. Entre botellas y copas apareció su rostro y en este vi sus ojos.
Dos pozos profundos en cuyo fondo yacía una vela, detrás de ella se veía la oscuridad, pero el bar estaba completamente iluminado. Al inicio creí que me estaba empedando con las quemaditas que me había tomado y que tuve que rebajar con refresco negro debido a que estaban muy cargadas, sin embrago, al regresar la mirada, miré su espalda, cubierta por un vestido de noche color azul, su abrigo cubría la silla y también su trasero.
No giró en ningún momento. Su amiga hablaba, reía, golpeaba la barra con la palma abierta en cada anécdota. Juana no. Juana permanecía inmóvil, como si atendiera a otra conversación o un pensamiento encerrado en lo más profundo de su alma.
Volví al espejo y ahí estaban sus ojos. No coincidían con la posición de su cuerpo. Su espalda seguía de espaldas, pero en el reflejo… en el reflejo ella me miraba, no con sorpresa, sino como una serpiente mira a su presa, como una leona que acecha a la cebra, como un ente que sabe que podrá poseerme. Sentí que el bar se bifurcaba como en una especie de yin y yan como el que colgaba en la entrada de la casa de la abuela.
Por un lado, las risas, los vasos, música, el brillo reflejado en las botellas, la luz. Y en el otro la inquietud, el silencio profundo que se resguarda en el pensamiento, el espejo, sus ojos, la oscuridad.
Entre ambos, el humo de los cigarrillos convertido en un velo, la ligera distorsión del reflejo, aquello que al meterse en tu cabeza te desconecta con lo que sucede afuera, en el espejo sus ojos, dos túneles profundos que se han quedado sin luz, y de pronto en el espejo, nada.
Mi vista volvió a su espalda mientras levantaba el vaso para dar un trago más. Y ahí lo vi. Un lunar, pequeño, oscuro, perfecto. No redondo, no irregular. Curvado con una precisión de quien dibuja en el cielo, una luna en cuarto creciente en el cielo. Astro robado de una bandera de Medio Oriente.
Parpadeé, volví la mirada a la mesa, dónde estaba el vaso, bebí el último trago, las botellas dejaron de brillar. Me incorporé sólo para ver que sus ojos no se reflejaban en el espejo, su abrigo no estaba en la silla, miré hacia la puerta, no estaban, ni ella ni su amiga, no estaban. Quedé confundido, aturdido.
—¿La muchacha? —pregunté al cantinero.
El hombre que compensaba su baja estatura con exceso de músculo ni siquiera levantó la mirada.
—¿Cuál?
Señalé el lugar vacío. El espacio en la barra parecía no haber sido ocupado en toda la noche. Reí, o al menos eso intenté. Mientras el cantinero meneaba la cabeza en señal de desaprobación mientras me servía el último trago. El sonido no salió completo de mi boca. Regresé a la mesa y bebí del vaso, aunque no recordaba haberlo llenado tanto. El líquido ahora era más espeso, más oscuro… y la embriaguez me envolvió como un velo…
Intenté levantarme. El suelo se inclinó levemente o al menos eso creí, la luz comenzó a dar forma a todo, parpadeé un par de veces para enfocar. El espejo… El espejo ya no reflejaba el bar. Desperté en mi cama. Me dolía el cuerpo entero. Al incorporarme, el tirón en las costillas me arrancó el aire.
Sangre seca en la camisa. Un corte en la ceja. Las manos raspadas. Y un tremendo dolor que se extendía por toda mi espalda como si hubiera esperado que yo estuviera consciente para atormentarme con sus ráfagas de ardor.
A dos cuadras, mi automóvil. Completamente deshecho ante un poste que lo embistió con singular firmeza sin recibir daño alguno. El parabrisas estrellado como una constelación mal hecha. Por un instante, el mundo volvió a dividirse. Cerré los ojos. Oscuridad, ¡oh! ¡Grandiosa oscuridad! En el fondo una vela, y alrededor un túnel que al deformarse se convierte en un pozo, ahí está su hombro, ahí está su lunar, me mira, se lleva el dedo índice a los labios para pedirme silencio.
Ella se llamaba Juana.




