IGUALDAD SUSTANTIVA, EMPODERAMIENTO EFECTIVO
Con motivo de la conmemoración del “Día de la educadora en México” para honrar la invaluable labor de las profesionales de la educación preescolar, es necesario reflexionar sobre la percepción social en la idea de que las educadoras sólo cumplen funciones de cuidado y no de formación pedagógica especializada.
Para ello, es indispensable recordar el origen de esta celebración que yace en 1837, inspirada en la ideología del pedagogo alemán Federico Froebel, distinguido como el creador de la educación preescolar y del concepto de jardín de la infancia, donde las niñas y los niños eran vistos como pequeñas plantas en un jardín y las educadoras como las jardineras que cultivaban su crecimiento, de ahí el inicio de las funciones de cuidado de las educadoras en los jardines de niños.
Las tareas de cuidados comprenden actividades diarias que regeneran a las personas y abarcan tanto tareas domésticas como educativas, evidenciando las desigualdades de género que afectan mayormente a las mujeres, cabe señalar que históricamente, en las clases altas, estas tareas eran delegadas a trabajadoras domésticas, reflejando así un patrón de minimización.
A raíz de ello, y no obstante al papel crucial que tiene el desempeño de las educadoras en el desarrollo infantil, se construye una relación asociada a una imagen infantilizada que se invisibiliza, precariza y poco se valora en el ámbito social e institucional, impactando en la falta de reconocimiento profesional y salarial.
Socialmente existe una tendencia a subestimar la complejidad y la profesionalización del trabajo en la educación preescolar, considerando que enseñar a niños pequeños es una tarea sencilla o menos importante que otros niveles educativos, esta percepción puede reforzar la idea de que las educadoras solo cumplen funciones de cuidado y no de formación pedagógica especializada.
En el ámbito pedagógico, a pesar de los avances en las reformas educativas, todavía persiste una concepción que asocia la educación preescolar principalmente con actividades lúdicas y de cuidado, en lugar de reconocerla como una etapa fundamental en la formación de las capacidades cognitivas, socioemocionales y culturales de los niños. Esta visión puede llevar a que las educadoras sean vistas como figuras que simplemente contienen y acompañan a los niños en su desarrollo, en lugar de profesionales con conocimientos pedagógicos profundos y competencias específicas.
En este contexto, es fundamental reconocer que los niños y las niñas en las primeras etapas de desarrollo requieren mayores cuidados y atención por parte de las educadoras, ya que en estos años se establecen las bases cognitivas, emocionales y sociales que influyen en su crecimiento integral.
Acompañar los primeros pasos de la población infantil, implica de entre muchas otras, alimentar su curiosidad, calmar el llanto y estimular el juego, mediante el diseño, planificación y evaluación de actividades y estrategias lúdicas, artísticas, cognitivas y motrices para favorecer su desarrollo integral; fomentar el desarrollo socioemocional con la empatía, autoestima regulación de emociones e interacciones sociales; estimular el aprendizaje del lenguaje, matemáticas, ciencias y la cultura; establecer condiciones ambientales seguras y afectivas, para que se sientan protegidos, valorados y motivados a explorar y aprender desde el marco de la inclusión y la unicidad; y promover la participación familiar y comunitaria en el difícil involucramiento de las familias y comunidad en el proceso educativo.
Por tanto, es fundamental seguir promoviendo una visión que valore y dignifique el trabajo de las educadoras, reconociendo su papel profesional especializado en la construcción de una educación de calidad para la infancia.
¡Vaya mi reconocimiento, afecto y gratitud a todas las educadoras y educadores de México!




