El mago

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PEDAZOS DE VIDA

Hay caminos que nunca se olvidan, pero en los que muchas veces podemos perdernos. Dicen que cuando los aprendemos, nos confiamos en ellos, y justo cuando creemos haberlos dominado, es cuando caemos. 

No era la primera vez que seguía la vereda que serpenteaba entre piedras y magueyes, antes de cruzar el río que venía de la cima de la montaña, en donde todo comenzaba a tornarse verde. En unos minutos, el bosque que conocía desde niño se alzaría frente a él, ahí comenzaría la travesía para consultar al viejo sabio del pueblo. 

Hay que salir en la mañana para cruzar la zona árida antes de que el sol atormente con su implacable calor, y hay que darse prisa dentro del bosque porque cuando cae la noche, se hace imposible avanzar, las sombras a veces se vuelven una sola, cuando hay neblina todo empeora y solo con buena luna se puede continuar, aunque sin certeza y sin rumbo. 

Justo antes de caer el sol, miró la casa del anciano. Hecha de adobe, con grietas que parecían mapas antiguos, de los cuales se asomaban piedras y paja, y que se mantenía de pie a pesar de los años. Por un momento temió que aquel hombre que conoció hace años ya no existiera.

Al llegar a la puerta, tocó con la esperanza de que alguien estuviera y si no de que al menos pudiera quedarse a pasar la noche. Sin embargo, entre la oscuridad se asomó el rostro ajado de un hombre viejo, “te estaba esperando”, dijo sin titubear. 

Entre las sombras, al interior se perfilaba una cama al fondo, una mesa de madera tejida con mimbre y, a un lado, una losa de piedra cubierta por un tapete desgastado. Todo era humilde, pero limpio. Demasiado limpio. Como si el tiempo no se atreviera a ensuciar aquel lugar. 

El anciano comía una tostada que minutos antes había sido una tortilla mojada con agua salada. Sin dudarlo, le convidó al hambriento joven que había llegado hasta allá. El Juancho, se había quedado sólo con tres manzanas que no dudó en poner sobre la mesa, sin embargo, comió tostadas y bebió un té de hierbas amargas que le ofreció el anciano. No hubo tiempo para hablar, era tiempo de dormir para soñar con aquellas formas que lo atormentarían los siguientes años apenas bajara de la montaña. 

Con el encendido del fogón, el anciano despertó al Juancho, y con los primeros rayos del sol salió para lavarse la cara con agua fresca del manantial que emanaba de las rocas. El anciano vestía como siempre: ropa sencilla, de tela barata, pero impecable. Al lado de su cama descansaba el bordón que tenía algunos tallados de figuras animales, el madero estaba apoyado contra la pared, como si también escuchara.

—No vienes a visitar —dijo el viejo, mientras servía un té de Santo Domingo endulzado con miel. 

El joven bajó la mirada. 

El anciano asintió lentamente, como si esa respuesta confirmara algo que ya sabía y comenzó a hablar. El joven pidió consejo, y aunque el anciano valoró mucho su travesía para llegar, sabía que las palabras caerían en un jarro roto y que se irían cuesta abajo como el riachuelo del manantial que de pronto desaparecía para convertirse en un río subterráneo cuyo cauce nadie conocía. 

Aun así, habló.

El Juancho frunció el ceño, escuchó lo que no quería saber. Había subido a la montaña para que le dijeran lo que ya sabía pero que no quería saber. Con toda la paciencia, el anciano se limitó a decir: “la tierra enseña, pero no a quien quiere dominarla”.

Pese a ello, el escuincle ofreció una casa, mucho dinero y comodidad. Lo que irritó al anciano, quien, tras contener el enfado, se limitó a decir: “no comprendes que lo único que se necesita es lo que ya te ha esclavizado. Vienes a mi casa y te parece poco cuando para mí lo es todo. Me pides consejo y luego te enojas al no escuchar lo que quieres, no hay peor sordo que aquél que no quiere escuchar. Yo no tengo nada más que decir, toma unas tostadas y regresa por donde viniste”.

“Si el maíz se seca no es porque sobra sol. Y si se pudre, no es porque sobra agua”, fue lo último que pronunció desde el umbral de la puerta. El Juancho no miró hacia atrás, su enojo era demasiado. Él no creía en los límites.

Con el paso de los años, el joven prosperó. Su nombre comenzó a escucharse en otros pueblos, luego en ciudades, luego en países que jamás imaginó pisar. Negocios, contratos, dinero. Mucho dinero. En la cúspide del éxito supo que era tiempo de regresar, de mostrar al viejo anciano que se había equivocado. Era momento de vengar la humillación que había sentido en el pasado. 

Comenzó el camino hacia la montaña con cuatro hombres que lo acompañaban, vehículos que no habían existido en su primera visita, herramientas, tecnología. Todo lo que antes no tenía. Sin embargo, el bosque se encargó del gran despojo.

La vereda estaba cerrada. Las piedras eran otras. El bosque, más espeso. Lo que antes caminaba con la confianza que otorga la memoria, ahora era incertidumbre. No supo en qué momento dejó de escuchar a los otros. Ni cuándo el sonido de las voces se volvió eco, para desaparecer en un macabro silencio. El teléfono no tenía señal. Sin embargo, con el deseo de avanzar, supo que lo peor que podría hacer era quedarse parado, la noche no perdona cuando no hay luna en ese lugar. 

Fueron trece días los que acabaron con sus botas, los que le recordaron que el hambre existe y que el hombre no puede alimentarse con billetes cuando no hay nada que se pueda comprar. El frío lo llevó al borde de la hipotermia, sin embargo, la montaña no lo quería muerto. Nunca logró dar con el agua limpia y cristalina, bebió de un chaco en el que flotaba el cuerpo hinchado de un animal y por si hubiera sido poco, los piquetes de los insectos le otorgaron el dolor y la comezón que había olvidado. 

Al borde del cansancio miró una columna de humo y se aferró a la vida, tardó poco más de una hora en llegar a la casa del anciano, hogar inmóvil, perenne como si fuera un árbol más del bosque. 

El anciano abrió la puerta antes de que tocara. No dijo nada. Simplemente lo dejó pasar. Hablaron a puerta cerrada. 

Al salir, Juancho no tenía prisa, caminó de nuevo por el sendero como el niño que varias veces subió y bajó. Sin contratiempos, sin tiempo extra, bañado por el manantial y sin hambre, bajó con otro semblante. La búsqueda emprendida por las autoridades se había cancelado y los hombres habían hablado. Y como si alguien hubiera armado el final de una novela, al llegar al primer poblado, la policía parecía que lo estaba esperando. Ahora comenzaría su condena…

En la montaña, los años se convierten en días. El viejo comenzó a despedirse al borde de concluir su ministerio. Se encarga de dejar en un rincón una brazada de leña, y en un morral con varios amarres de hierbas para preparar distintos tipos de té, la transición está por ser completada. 

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