LAGUNA DE VOCES
Ese niño con pecas en la nariz, se quedó perdido en alguna parte de la casa antigua donde habitaba junto con los recuerdos de él mismo, ya adulto, que lo miraba con angustia, porque sabía de alguna manera, que perder su infancia era igual que hacerse humo para no solo nunca regresar, sino nunca haber existido. Por eso movió los pocos muebles que había en una casona de techos altísimos y sótanos construidos a manera de áticos, pero sin puertas, solo piso de maderas recargadas en travesaños rústicos. Nada. Y tan solo pronunciar la palabra se espantó, porque no quería regresar a ese instante en que la oscuridad anegó sus ojos, sus pies y luego su memoria, que se perdió como utensilio usado en una inundación de tristeza.
Una vez cada determinado número de años, descubría que nunca habría de recuperarse de la soledad, de la necia y absurda idea de que jamás debió salir de esa casa, donde a lo mejor empezó a acostumbrarse a la convivencia con fantasmas silenciosos, indulgentes a su penitencia, de ir por la vida sin aceptar otra cosa que el dolor de la pérdida.
A veces entraba el sol, la alegría de la luz, de las calles llenas de otros niños que corrían despreocupados, ajenos a que todo se terminaría en un segundo si empezaba a soplar el viento de la nostalgia, de las cosas perdidas, del niño ese que no cuadraba en un lugar, que se hacía gris nada más por su pura presencia. Entonces se preparaba para lo peor, y lo peor llegaba, porque lo deseaba, porque estaba a las vivas de que el paisaje se llenara de nubes, luego de lluvia, luego de viento helado, y luego en el cuadro pintado en la memoria, no quedaba nada, absolutamente nada.
Volver a empezar, una y mil veces, para terminar en lo mismo, olvidado como el niño pecoso que era él, que se había transformado en el monstruo que devoraba todo lo bueno que podía construir a fuerza de una voluntad que hasta para él era desconocida, pero que lo llevaba por el camino que, estaba seguro, se había fortalecido al paso del tiempo. Pero, lógico, no era así. Apenas un sollozo de ese méndigo chamaco, y toda la realidad se empezaba a convertir en polvo, en ese lugar donde se desvanecen los recuerdos, los cimientos de un presente que simplemente ya no existía.
Entonces descubría que la casa tenía todos y cada uno de los momentos en que había sido feliz, ridículamente sonriente y con una mirada ajena al otro niño de otro cuento, que miraba como pidiendo perdón. Cuando se es pleno de alegría, los ojos lo expresan, y lejos de invitar a la fatalidad de que todo lo bueno se apaga, se hace añicos, son constantes en la vocación por creer que las eternidades existen donde simplemente es un absurdo siquiera pensarlo.
Así que decidió que ganaba siempre ese niño con pecas en la nariz, huraño, sinceramente triste, absurdamente esperanzado en que, de algún modo, un día llegaría la felicidad, igual a ese poema que se grabó desde que lo vio en un libro donde luego de El Cristo de mi Cabecera, aparecían las letras dolorosas, con un fin que siempre lo había dejado con ese oficio de la nostalgia, “yo se que será tarde, mas espero ese día”.
¡Pero qué necesidad de volver a mirar a quien nunca regresó, a quien se quedó perdido hasta la eternidad en esa casa de techos altísimos, de tapancos, de vigas atravesadas para sostener la estructura de un lugar que ya no pudo identificar, que desconoció, hasta ese día en que se miró sentado al lado de un baúl de recuerdos, todo ojeroso, con ojos de solazosos que nunca había terminado, y supo que había dado con él mismo!
Mil gracias, hasta mañana.




