PEDAZOS DE VIDA
Bajo la sombra de un árbol de pirul, mi abuela me contó sobre la maldición que se había cimbrado en la familia, no para asustarme, tampoco para que me preocupara, sino más bien para que me preparara y cuando llegara el momento, esta situación no me agarrara desprevenido.
Me dijo que sumando mi generación aún quedarían dos más, por lo que el primogénito de mi hijo o hija también correrían con la misma suerte. Me dijo que no tendría miedo, que una vez que comprendiera el secreto todo sería más sencillo, y también me explicó cómo sería la primera vez. El dolor que sentiría unos días antes y otros después.
—Qué bueno que no fuiste mujer, a nosotras nos va peor— me dijo mientras se quitaba el suéter a pesar del frío que hacía.
—Abu, no se quite el suéter— le repliqué.
Sin embargo, después del suéter siguieron otras prendas y al quedarse desnuda, con la ropa en las manos, se inmoló y como una bola de fuego se elevó por los árboles y jamás la volví a ver.
No he podido decir nada, ella misma me advirtió que nadie me va a creer, veo a la familia muy angustiada, la buscan por todas partes, mi tía, la menor de siete hermanos, llora sin consuelo, dice que no se llevó nada, que incluso no pudo haber salido a la tienda porque mi Abu dejó su monedero sobre la mesa.
En tanto, he comenzado a sentir como la piel se me ha resecado, en los hombros es más pronunciado. Le agradezco a mi Abu haberme advertido y por eso ahora no estoy preocupado, pronto podré hacer eso y quizá pueda encontrarme con ella. Una parte de mí está ansioso de lograr la transformación y otra tiene miedo.
Quizá hubiera servido de mucho, que mi papá estuviera con nosotros, al menos seríamos dos en esta situación, si no lo hubieran matado en plena transformación, seguramente me hubiera acompañado en la mía, ni modo. Nada queda más que conformarnos con lo que la abuela me contó…




