Un viaje sin destino, siempre será mejor

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LAGUNA DE VOCES

Hay utensilios, figuras de porcelana, series de focos navideños del año pasado, que nunca volverán a ser usados, admirados por su gracia. Simplemente se quedan arrumbados en algún rincón de la casa, la oficina, porque adquirieron un sentido real cuando tuvieron la utilidad del momento, la temporada, y luego dejaron de tenerlo. Igual que la vida misma, cuando no se encuentra el camino que conduzca hacia alguna parte, y pareciera que estamos encerrados en un laberinto sin destino alguno.

Siempre buscamos llegar, y por eso le huimos a la simple posibilidad de que acabemos atrapados en un viaje eterno, en un navío que puede cruzar distancias enormes, pero sin una carta de navegación que asegure su arribo en el tiempo que sea necesario, pero con un puerto donde atracar la embarcación y dejar de mirar en el horizonte que todo pasa, pasa y pasa.

Puede que uno logre la eternidad si decide que la existencia es un viaje sin fin, con todo y que, lo sabemos, la muerte se encargará de desmentirnos de manera definitiva, y un tanto drástica.

Por eso la mejor forma de adornar el lugar donde pasamos la mayor parte de nuestra vida, probablemente sean paredes desnudas, sin repisas, sin libreros, sin nada que pudiera hacernos creer que le encontramos finalmente algo lógico al camino, y por lógico uno se refiere al principio, desarrollo y final. Generalmente se les llama recuerdos, y estos tienen como origen pequeños detalles guardados en cajas, diminutas luces que llevan a tiempos que resultaron fugaces.

Sin recuerdos, sin memoria, el ser humano sería con seguridad un poco menos amargo, y por eso los que pierden los recuerdos se ríen de manera a lo mejor boba, pero sinceros, demencialmente sinceros.

Siempre andamos a la caza de ese sentido para darle alegría a la vida, y a veces se inventan tantas cosas, que nos olvidamos de lo más vital en toda persona, que son sus cariños ancestrales, y por ancestrales debemos entender los que traemos casi desde que nacemos. Pero esos son recuerdos, y los recuerdos, tarde o temprano, nos ponen tristes, porque pasada una edad, con absoluta frecuencia son de escenarios que ya no existen, personas que se fueron al cerrar para siempre los ojos.

Cada cual decidirá, no en décadas, sino a la vuelta de la esquina, lo que hará para volver a disfrutar el viaje, tenga o no destino alguno. Pero se hace necesario, porque una embarcación luminosa en el mar, es la mejor muestra de que el camino es raíz y razón de los sueños, las esperanzas que, todos sabemos, siempre resultan irreales, pero no importa, que el viaje habrá valido la pena.

Si de paso se guardan algunos recuerdos, mejor, porque tenerlos dicen que siempre son necesarios antes de transitar en los caminos sigilosos y únicos del que, finalmente, encuentra un destino.

Mil gracias, hasta mañana.

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