50 canciones, miles de recuerdos

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Un adulto responsable 

“Siempre yo te sigo a todas partes, 
a veces yo no puedo, aunque lo deseo.
Pero yo, te quiero de verdad”
Te sigo – Los Calzones Rotos

Hace unos cuantos días fui a mi primer festival de música. La verdad es que yo soy más de conciertos, porque siento que disfrutas mucho más de los artistas, pero se dio la oportunidad y tocaban algunas de mis bandas favoritas, así que, como Franco Escamilla, dije: “Por la anécdota” y me lancé.

Siempre he dicho que ya no estoy en edad para ciertas cosas, y en esta ocasión lo comprobé, el sol me acabó y viví en carne propia lo que muchos dicen: “Para ir a un festival, hay que estar preparado”.

La enorme cantidad de gente; los precios exorbitantes en comida y bebida; los baños digamos… no tan limpios, ya los esperaba, pero nunca pensé que me quedaría sin voz apenas después de la segunda canción que entoné.

Tampoco estaba en mi presupuesto el que me iba a terminar quedando dormido en el pasto seco debajo de una carpa cerca de uno de los escenarios. Lo del regreso estando todo mugroso sí que lo creía, pero el nivel de empolvado que iba, jamás. 

Claro, un día después salieron un montón de noticias que evidenciaban el papel de las autoridades y de los organizadores en los puntos que acabo de mencionar, pero solo unos pocos hablaban de lo intangible pero real… lo bien que la pasamos los asistentes.

Yo canté exactamente 50 canciones, la mayoría de mis bandas favoritas, sí, pero me sorprendió gratamente escuchar que también me sabía algunas de grupos que creí desconocidos. Escuché en vivo una de las canciones favoritas de mi mejor amigo y le envié el video con mi voz de fondo (una chulada).

Fui testigo de cómo el círculo de paz se abría camino entre música estrambótica, de cómo ningún concierto es igual aunque se toquen las mismas canciones y reafirmé que no hay un lugar en el mundo que me guste más que estar rodeado de desconocidos con solo una cosa en común: la canción de la banda en ese momento. Y bailar, bailar tu canción favorita (aún sin saber bailar), es una bendición.

No les voy a mentir, queridos lectores, tal vez nunca vuelva a un festival o tal vez vaya ahora cada año, porque más que una experiencia religiosa, se volvió un encuentro de recuerdos.

Cada canción me trajo a la memoria una parte del Martín que está bastante escondida pero que forjó lo que soy hoy en día. Cada una me recordó a algún amorcito de juventud o mis grandes amigos y los buenos momentos que pasé con ellos.

Y es que la música son recuerdos y de los recuerdos viene la música, y ese círculo virtuoso es uno de los más increíbles que creó el ser humano. Para qué pelearse por géneros, por melodías o por letras, si al final, cuando lo sientes, no lo puedes evitar. Esa música te gusta y punto.

Nota: Que la música sea sinónimo de unión y nunca sea una excusa para segregar a nadie.

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