Heterodoxo

Más Leídas

Durante décadas me desperté antes del amanecer: primero para ir a la escuela, luego para ir al trabajo y después para llevar a mis hijos a la escuela.

Todos los días me sentaba en la esquina de mi cama para reiniciar mi cerebro, para decidir ponerme en acción. Esos instantes en los que me perdía en el universo de mi mente eran deliciosos. No eran los únicos momentos en los que mi cabeza se reiniciaba: muchas ocasiones, al caminar de la parada del colectivo hasta mi casa, me sucedía algo parecido. No sabía cómo, pero ya habían pasado veinte minutos caminando en modo zombie hasta llegar a esa puerta negra, meter la llave, girarla, abrir la puerta, decir “ya llegué”, aflojarme el nudo de la corbata, poner el saco en el perchero de un costado y agacharme para saludar a mis hijos que acudían a mi encuentro.

Un día, durante esa inmersión, y de frente a la puerta, me pregunté: ¿y si sigo caminando? Lo hice.

Caminé kilómetros. La noche me alcanzó. Me acosté debajo de un árbol y el cielo fue mi cobija. El sueño me venció. Dormí como nunca. Desperté hasta que el sol me quemó la cara. Decidí no volver a casa.

Ese andar se repitió por mucho tiempo. Me alimentaba de lo que hallaba en el camino. Mi barba creció, mi cabello se alargó y decoloró, mi ropa se rasgó y mis zapatos se desgastaron tanto que la suela terminó por caerse.

Desde entonces mi vida ha cambiado. Mi sillón ahora es una caja, mi colchón se forma de unos cartones, mi horno de microondas, es el sol, mi cobija es un periódico. De aquellas vestimentas solo conservo la corbata: la tela color rojo encendido, ahora es un café mugroso; a veces adorna mi cabeza, otras tantas mi mano o cuello. El tiempo ha dejado de tener importancia. No sé qué fecha o qué día de la semana es. No sé cuántos años han pasado. Solo sé que he visto pasar bastantes inviernos.

Ahora no me levanto ni tarde ni temprano: simplemente a la hora que me lo pide mi cuerpo. No trabajo ocho horas; en ocasiones un par son suficientes para comer muy decentemente y hasta comprar un Tonayán. No pago predial, tampoco impuestos. No sé quién esté en el poder ni cuándo son las elecciones. Solo sé que algunos de esos papeles con las caras de los políticos me sirven para limpiarme el culo.

De vez en cuando desaparezco, salgo a caminar sin rumbo, pero hay algo que me pide regresar a mis aposentos debajo de este puente.

Si tengo antojo de una torta, basta con pararse en un puesto, siempre hay alguien que se apiada; lo mismo para un café o un tamal.

Aunque no todo es chido. En un par de ocasiones tuve que madrearme a un colega que cayó de paracaidista en mi casa. Tuve que aterrizarlo, lo fui a tirar por las vías. Ahí se quedó dormidito; nunca lo volví a ver.

Mis amigos son todos ellos. Todos se llaman “Perro”. A veces se quedan conmigo. Uno muere, otro llega. Unos se van y a veces regresan. Hoy tengo cinco, y todos me cuidan. Hasta “guau-ruras” tengo. 

Vivo en unas vacaciones perennes, y solo sé que esta paz y tranquilidad es eterna.

No recuerdo cuándo fue la última vez que vi mi rostro. No recuerdo cómo soy ni a quién me parezco. Mi nombre poco a poco lo he ido olvidando.

¿Mis hijos?

No sé qué será de ellos.

Pero estoy casi seguro de que están mejor sin mí…

Sin mi tristeza.

@carloseustolio
He estudiado algunas cosas, pero mi verdadera escuela sigue siendo la vida. Soy chismoso profesional: escribo para comprender el mundo y, muchas veces, para sobrevivir a él.

Las palabras siempre esconden —y revelan— una idea de lo que somos.

Autor

- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img

Últimas noticias