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ESPEJOS DE LA REALIDAD

No hay sorpresa. No la hubo con Teuchitl n, como no la hubo con San Fernando, con Ayotzinapa, con Tlahuelilpan, con los crematorios clandestinos de Tamaulipasíni con las fosas que siguen apareciendo como si fueran la nica siembra posible en este pa s. Si acaso surge un comentario indignado en redes, alguna marcha donde los carteles vuelven a enunciar la misma consigna de hace a os: «Nos faltan…». ntos? No importa. El horror es una cifra que se diluye.

A estas alturas, la tragedia en M xico ya no provoca incredulidad ni un verdadero esc ndalo. Nos enteramos de los hechos y seguimos como si nada, porque sabemos que, en días o semanas, otro hallazgo superar al anterior. Cada evento es la confirmación de lo que ya sab amos: aqu el mal no solo es posible, sino cotidiano. 

En el texto Flaubert y nuestra indignaci del columnista Maruan Soto Antaki en la revista Letras Libres cuenta que durante los sacrificios humanos en Cartago, los sacerdotes tranquilizaban a los espectadores, diciendo:  » No son hombres, sino bueyes!». No es eso lo que nos han dicho una y otra vez?  Con que facilidad convertimos a los muertos en desechables, y a lo desechable no se le llora, no se le busca, no se reclama más all de un tiempo necesario.

La indignación en M xico tiene fecha de caducidad. Durante unos días, el hallazgo de cuerpos amontonados, incinerados o desmembrados sacude. Luego, un nuevo esc ndalo político, un meme o una declaración absurda de cualquier funcionario ocupan la atención. Volvemos a la normalidad. normalidad es esa? Una donde la violencia no es excepcional, sino estructural. Donde la pregunta no es mo pudo pasar?, sino ndo pasar de nuevo?»

M xico es un pa s sin pedagog a del mal. Se le enseña a la infancia a no ver eso, nos obligamos a apagar la tele porque siempre es lo mismo, se nos adoctrina a evitar quebrarnos y seguir como si nada. No hemos aprendido a nombrarlo ni a pensarlo, y en esa ausencia hemos permitido que se expanda sin contención. No hay un rechazo com n y absoluto a la violencia porque siempre encontramos una justificaci n. La delincuencia organizada, el narco, la pobreza, la corrupción, el gobierno anterior, el gobierno actual. Todo se vuelve excusa, pero ninguna raz n nos absuelve de la indiferencia.

El problema, me parece, no es nicamente un asunto jur dico sino social. Sabemos que los responsables de las masacres, las desapariciones y las torturas dif cilmente enfrentar n consecuencias. Pero tambi n sabemos que, más all de los cercanos y algunos que insisten en no olvidar, nadie se detendr demasiado tiempo. La violencia en M xico es una herida abierta que nunca cerrar porque estamos demasiado ocupados en fingir que no sangra.

Es un asunto constante, no para de sorprenderme como nos han arrebatado la capacidad de asombro ante este tipo de contextos, nos han despojado de la empat a, y seguimos respirando como si nada. Nos hemos acostumbrado a vivir en este infierno y, peor a n, a llamarlo hogar.

( «Nos faltan… ntos? No importa publish

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