{"id":27019,"date":"2016-08-20T13:43:20","date_gmt":"2016-08-20T13:43:20","guid":{"rendered":"http:\/\/plazajuarez.mx\/index\/index.php\/2016\/08\/20\/dorar-la-pildora-7\/"},"modified":"2016-08-20T13:43:20","modified_gmt":"2016-08-20T13:43:20","slug":"dorar-la-pildora-7","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/plazajuarez.mx\/historico\/dorar-la-pildora-7\/","title":{"rendered":"Dorar la p\u00edldora"},"content":{"rendered":"<h1 id=\"docs-internal-guid-3abce481-a831-73cf-c0d7-e3b434ea72ae\" dir=\"ltr\" style=\"line-height: 1.32; margin-top: 0pt; margin-bottom: 0pt; text-align: justify;\">El escritorio<\/h1>\n<p dir=\"ltr\" style=\"text-align: justify;\">A Patricia Maz\u00f3n<\/p>\n<p dir=\"ltr\" style=\"text-align: justify;\">Un escritorio es una casa. Por lo menos lo es para un escritor, pero no lo hab\u00eda pensado tan claramente hasta hace poco. Quiz\u00e1s porque la vida en movimiento, porque la lap top se acomoda desde el regazo a cualquier superficie, porque el minimalismo contempor\u00e1neo sustituy\u00f3 el escritorio por mesas, lo m\u00e1s limpias posibles, de cristal mejor, sin cajones obviamente. As\u00ed que cuando el carpintero termin\u00f3 de armar y colocar el escritorio que sustitu\u00eda mi mesa pl\u00e1stica, sin gracia pero donde hab\u00eda escrito los \u00faltimos siete a\u00f1os, lo mir\u00e9 como a un ser extra\u00f1o, un bicho de dimensiones inapropiadas: un invasor.<\/p>\n<p>  <!--more-->  <\/p>\n<p dir=\"ltr\" style=\"text-align: justify;\">Me sent\u00ed mal de mirarlo as\u00ed, un escritorio de los a\u00f1os 40 o 50, encino a\u00f1oso, car\u00e1cter, cajones profundos y lo m\u00e1s importante, un regalo de mi amiga Patricia Maz\u00f3n. Un regalo muy especial porque el escritorio hab\u00eda pertenecido al escritor Manuel Puig y ella lo hab\u00eda heredado. Un escritorio de un escritor de novelas tan entra\u00f1ables como Boquitas pintadas o El beso de la mujer ara\u00f1a, para una escritora, hab\u00eda sostenido mi amiga. En su casa me parec\u00eda hermos\u00edsimo y el gesto me conmov\u00eda. En los cambios que ella hab\u00eda tenido que hacer, el escritorio ya no ten\u00eda sitio posible. Para una escritora era un tesoro. Un legado. No se me tome como ingrata, estaba muy agradecida, nada m\u00e1s que la pieza y yo nos ten\u00edamos que reconocer. S\u00ed, eso lo comprend\u00ed al d\u00eda siguiente. No es que el escritorio habitara mi casa, sino que yo lo iba a habitar, a colonizar, me iba a hacer due\u00f1a de \u00e9l.<\/p>\n<p dir=\"ltr\" style=\"text-align: justify;\">Su historia me pesaba, por importante, por su pedigree. No es como toparse con un amor inicial donde est\u00e1 todo por construirse juntos, el escritorio de Puig, luego de Patricia, editora, ya pose\u00eda sus secretos, sus cicatrices, sus maneras. Hab\u00eda sido c\u00f3mplice de escrituras, de sue\u00f1os, de titubeos, de aciertos. Un aliado de otros. As\u00ed que me le fui aproximando, caf\u00e9 en mano, mir\u00e1ndolo cada vez menos como al Contrabajo de Suskind, imposible de acomodar en un taxi, y m\u00e1s como a un ser con m\u00fasculo y coraz\u00f3n. Me hizo pensar en lo desacostumbrada que estaba a ese mueble cl\u00e1sico que se llama escritorio, con un nombre tan rom\u00e1ntico y preciso. Siempre me han fascinado, igual que secreteres y escriban\u00edas \u2014 los unos con cortinas y cajoncitos, los otros portables, con compartimentos para papeles y sobres, plumas, tintas, lacas y sellos, para escribir cartas. Tan lejos estaba de vivir un escritorio que su arquitectura de U invertida, su nicho para la silla, sus muchos cajones que se suman al orden, al guardado, al ocultamiento y al encuentro atinado, me eran ahora irreconocibles.<\/p>\n<p dir=\"ltr\" style=\"text-align: justify;\">Acarici\u00e9 la madera del mueble, para que aceptara el olor de mi piel y yo su superficie que habr\u00e1 de recibir cuadernos, teclados, taza de plumas y l\u00e1pices, taza roja de caf\u00e9, charolas de papeles, libretas. Lo amans\u00e9 como a un caballo que ha cambiado de due\u00f1o y que recibe el terr\u00f3n de az\u00facar de una mano a\u00fan incierta de las bondades del animal. El que tuve en casa de mis padres y en el que escrib\u00ed mis primeros cuentos fue uno de esos coloniales mexicanos, largo y estrecho, de patas moldeadas, con jaladeras de hierro negro, cajones extra\u00f1amente hondos e insensatos. La superficie se hab\u00eda rajado a lo largo, y esa herida lo hac\u00eda m\u00e1s m\u00edo. Las casas m\u00e1s bien peque\u00f1as donde viv\u00ed no permitieron su tama\u00f1o y as\u00ed empez\u00f3 el \u00e9xodo de los muebles de talla grande por los peque\u00f1os, lo sustitu\u00ed por aquel escritorio que se desdoblaba y quedaba sostenido por una cajonera cuya parte inferior era un archivero que me encantaba, porque me obligaba al orden. Era de Pali y de encino americano de veta perceptible. En los cambios de casa us\u00e9 un tabl\u00f3n con una mesa lateral adosada y, en el lustro que rent\u00e9 un espacio como estudio (que alguna vez y por breve tiempo, tambi\u00e9n habit\u00f3 Ibarg\u00fcengoitia, seg\u00fan me cont\u00f3 la vecina) pude meter esa gran mesa de oficina donde colocar en montones los libros de distintos proyectos. Aunque all\u00ed naci\u00f3 Yo, la peor y otros libros, la verdad es un mueble insulso por el que sent\u00eda cierta lealtad. Por eso, ese segundo d\u00eda de careo con aquel mueble de superficie profunda, de cajones que parecen no acabar nunca cuando los jalas con la sensaci\u00f3n de husmear en casa ajena, reconoc\u00ed el privilegio de estar frente a un mueble con car\u00e1cter, hecho de madera c\u00e1lida, un espacio org\u00e1nico que me empez\u00f3 a envolver. Me llen\u00f3 primero la vista, con esa superficie generosa, que promet\u00eda objetos inalcanzables y otros a la mano, jerarquizar el uso de lo que habr\u00e9 de poner en ese planisferio \u00edntimo. Luego entr\u00f3 por mis manos y brazos, cuando sentada frente a \u00e9l, recorr\u00ed el canto redondeado y pulido de sus orillas, abr\u00ed cajones, me emocion\u00e9 con las posibilidades de clasificaci\u00f3n seg\u00fan los distintos fondos de cada uno y segu\u00ed pensando que tanto fondo deb\u00eda ser para esconder algo profundo, literal y metaf\u00f3ricamente. Decid\u00ed que independientemente de esa historia que lo volv\u00eda tan interesante y precioso, ahora yo empezar\u00eda a sumarle otra y que aquellos fondos ser\u00edan retenes de mis m\u00e1s preciados o prohibidos textos. Entonces dej\u00e9 que ese espacio donde las piernas dobladas buscan su acomodo para que la silla sostenga la espalda y uno encare de cuerpo entero a aquel c\u00f3mplice m\u00e1s org\u00e1nico que utilitario, m\u00e1s amigo que mueble, me arropara, me hiciera suya y me aceptara. Porque el careo que ven\u00eda de la extra\u00f1eza al encuentro y al anuncio del encari\u00f1amiento futuro, necesitaba su tiempo, su mimo. Y el pacto nos concern\u00eda a los dos.<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El escritorio A Patricia Maz\u00f3n Un escritorio es una casa. Por lo menos lo es para un escritor, pero no lo hab\u00eda pensado tan claramente hasta hace poco. 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