LAGUNA DE VOCES
Antes de que amanezca, las calles se llenar n de los ltimos rayos de estrellas agonizantes. Salpicar n la tierra seca de camellones abandonados, intentos de jacarandas que, apuradas, dieron flores a destiempo para luego caer sin sentido en el piso de la carretera que las tuvo rodeadas desde su nacimiento, y de a poco, pero con absoluto celo sanguinario, las curti de humo y más humo, les arrebat las primeras flores lilas, y luego les rob bracitos para plantarlas qui n sabe d nde.
Debe ser el calor que no ha cesado desde hace una semana, responsable de que todos los días sea más negligente la memoria de los niños, j venes y adultos, porque olvidan con tanta facilidad, igual que pasan y pasan con la punta del dedo, la pantalla de un celular que no cesa de correr hacia ninguna parte, o al borde del precipicio, en compa a de quien lo lleva aprisa, aprisa.
Todos los días el cielo se pone gris, luego negro, y al final solo llega el viento h medo de otras tierras donde se anim la lluvia, la granizada, pero aqu el panorama es plano, sin ning n destino, porque la inmaterialidad de la vida preocupa, espanta, a quien aprendi el amor con el tacto de los sentimientos.
así que de alguna manera todavía existen los que juran que el plaño en pergamino de un tesoro escondido es la nica posibilidad de encontrarlo, con todo y que los navegadores del futuro presente, corrigen ruta, llevan por lugares m pidos, pero el hecho es que no se llega a ning n lado, y por lo tanto uno debe estar perdido.
Correr entonces, en el sentido deportivo y en el sentido estricto de la palabra, es la nica v a para huir de lo inevitable, que puede ser la tristeza, y el camino que pens bamos eterno para ir hacia un lugar inventado desde niños.
Cuando amanece en Pachuca, en la capital de Hidalgo, en el sitio geogr fico donde uno vino a parar, el cielo saluda con tranquilidad, y apenas terminado el ceremonial que presiden los p jaros cantores trepados en pinos enormes que he visto crecer, se empe a en decir al que se amarra a las s banas, que no, que nunca ha sido f cil para los que de nacimiento habitan la ciudad y sus barrios. Que siempre han sufrido, han padecido, y que muchas generaciones simplemente no tuvieron suerte en nada.
Y por eso, nada más que por eso, esa ma ana tierna y arrulladora, nos tunde en la cabeza, nos avienta de la cama a la calle, y de la calle al trabajo, y del trabajo a ese momento en que empezamos a creer que s , que era cierto, que desde hace mucho que somos fantasmas que cumplen a la perfección el notable arte de no darse cuenta, no querer darse cuenta de su lamentable estado de fantasma sin nombre, sin intención alguna de aceptar esa condición.
Mil gracias, hasta ma ana.
@JavierEPeralta
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