ESPEJOS DE LA REALIDAD
Pareciera que el mundo -ese que nombramos el de all afuera – está en guerra. Ese mundo que sangra en Gaza, que lastima en Ucrania, que bombardea en Ir n, que se rompe en mapas que no leemos con atención. All , donde las explosiones tienen idioma extranjero y los muertos se cuentan por miles. Ese mundo que parece remoto, incluso cuando lo vemos en vivo.
Pareciera. Porque si miramos con más cuidado, el colapso tambi n ocurre aqu . No con soldados, sino con taxistas, con pasajeros, con automovilistas furiosos. Con cuerpos comunes capaces de atravesar el l mite.
En Pachuca, un taxista embiste y mata a otro conductor. Lo hace con furia, con dirección, con intención. No fue un accidente, no fue un impulso ciego. Fue una decisi n. Y lo que asusta no es s lo el hecho, sino todo lo que lo rodea: la escena que lo permite, el silencio posterior, la sensación de que no sorprende a nadie.
En la Central de Abasto, las peleas son tan frecuentes que dejaron de ser noticia. En el Tuzo Bus, una ri a termina con varios heridos y los pasajeros bajan como si nada. En la calle, un automovilista amenaza de muerte a un chofer de ADO sin que nadie intervenga, sin que nadie siquiera lo grabe. Porque ya ni siquiera vale la pena.
No es que la violencia se haya vuelto normal. Eso ya lo superamos. Lo que pasa es que la violencia ya no responde a ninguna l gica. A ninguna. Ni a la de justicia, ni a la del miedo, ni a la del castigo. No espera consecuencias. No necesita causas. No persigue objetivos. Ya ni lo il gico alcanza.
La violencia dej de ser un s ntoma para volverse estructura. No aparece: habita. está en el tr nsito, en las filas, en los mercados, en los cuerpos que caminan tensos, en los ojos que evitan cruzarse. Es una forma de estar. Un modo de existir bajo amenaza.
Y ese es el verdadero quiebre: cuando la violencia ya no escandaliza, pero tampoco se puede explicar. Cuando no hay narrativa que alcance. Cuando ya no podemos decir por qu . Cuando no se trata de resolver nada, porque no hay nada que se está discutiendo, ni disputando. Solo cuerpos reaccionando desde el hast o, desde el abandono, desde una furia sin objeto.
No hay leyes que alcancen. No hay autoridad que contenga. Pero tampoco hay tejido entre nosotrxs. Lo político no funciona, lo emocional está colapsado, y lo cotidiaño es cada vez más fr gil.
Y entonces lo que sentimos no es s
lo miedo.
Es desamparo
Es entender que esta ciudad, Pachuca, o pongan el nombre que le gusten poner, puede romperse sin hacer ruido.
Que la violencia no necesita razones para quedarse.
Y que mientras sigamos llamando
lejos
al desastre, vamos a seguir sin reconocer que ya está aqu
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